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viernes, 10 de febrero de 2017

El honor - Reto 01

Hola, ¿qué tal?, esta sería oficialmente la primera entrada del año (shame on me), y venimos con algo un poco lúdico. Sucede que hace muy poco comenzamos a jugar entre nosotros con unos retos generados en Seventh Sanctum y nos animó bastante. El primero tenía las siguientes premisas:

- Un personaje está deprimido durante casi toda la trama. Además, un personaje tomará una decisión que le cambiará la vida.
- Un personaje se lamenta durante la historia. En la trama, un personaje estará envuelto en un accidente vehicular. La historia termina en una torre o edificio alto. La historia está ambientada en medio del invierno. Durante la historia, se hace una entrega.
- La trama está ambientada mil años en el pasado.

A partir de eso surgieron dos relatos. El mío va a continuación.

.+.+.+.+.+.+. El honor.+.+.+.+.+.+.

Sujeté bien el látigo, su fricción contra la piel de mis manos me hacía pensar que si pasaba un minuto más agitando terminaría desgarrado, quedarían mis huesos desnudos y vería flotar mi carne en dirección contraria, dejándome unas líneas de sangre muy finas en el rostro; mis huesos se desmantelarían y perdería el control del carro, cayendo mi cuerpo hacia un lado, presto para el último bocado de tierra de mi vida.

Ellos no se preocuparían por matarme tan pronto, podía morir desangrado o al golpearme con una piedra en el cráneo, eso no importa. Lo que les interesaba era lo que les había robado, eso era lo único importante y estaba dentro del carro, silenciosa a pesar de su miedo. Y silenciosa incluso después de que los míos se hicieran realidad: en vez de desgarrarme las manos, el carro tropezó y se dio vuelta. Salí disparado, pero me aferré al látigo, mala decisión, pues el caballo me cayó encima cuando estrellé boca abajo, muy cerca de una piedra que podría haberme matado. El carro se soltó y resbaló por el despeñadero, viniéndose abajo junto con mis esperanzas de verla con vida al final de tan tortuoso viaje.

Había fallado, y en la misión más importante de mi vida. No cabía duda que estaba muerta y que me condenarían a morir por mi fracaso. Del otro lado, nuestros perseguidores se iban victoriosos. Tal vez no se habían salido con la suya, pero en esta guerra nunca ha importado lo mucho que se gane, sino lo tanto que haya perdido el enemigo, y nosotros acabábamos de perder una pieza clave.
Algunas horas después de que se fueran, y con el caballo muerto sobre la espalda, decidí levantarme. Tendría rotas un par de costillas y, si no tenía cuidado al caminar, un dolor me hincaba los nervios hasta los pies. Lo primero que tenía que hacer era cerciorarme de su muerte, ver su cuerpo maltrecho allá abajo, pero nada se veía desde arriba aparte neblina. Debía bajar, costara lo que me costara, incluso si moría en el intento.

Me llevó dos días llegar abajo, los huesos me tronaban cada vez más debido al frío y mis manos desnudas parecían a punto de reventar de tanto sobarlas. El carro estaba allí, hecho pedazos al igual que el cuerpo de la princesa, cuyo rostro, no obstante, se había salvado del desastre y el profundo blanco que lo adornaba me hacía pensar, con culpa, que quizá nunca la había visto tan hermosa.
En efecto, estaba muerta. Pensé en llevarme el cuerpo, en cargarlo sobre mi espalda, pero al primer intento sentí que una de las costillas perforaba mi carne. Cayó, además, de sus prendas, una joya que nunca se había quitado, ahora la muerte la desprendía de su cuello y yo la transustanciaba en la princesa, en su cuerpo muerto y hermoso.

Le hice una tumba y emprendí el viaje, atesorando la joya y lo que me quedaba de vida. Uno nunca piensa realmente hasta que presiente el final, ninguna emoción es verdadera hasta ese momento. Me traicionaba el cuerpo, mi rostro tocó el frío suelo infinidad de veces, interrumpiendo mi camino, pero mi mente nunca se detuvo.

Siempre supe que era una mala idea servir de esta forma, que solo los hombres más tontos desperdician su vida por el progreso de una nación, que había algo más importante que había perdido de vista, pero no estaba seguro de qué. Si se trataba de amor, la única mujer que tuvo mi corazón fue la princesa, y ahí vamos de nuevo, un militar enamorado de su princesa, una historia conocida que siempre termina en tragedia. Un secuestro, una oportunidad para robar información, un meticuloso plan de rescate, y ambos terminan muertos para el pesar de la nación que los aguarda. Eso fue lo último que pensé con el rostro pegado a la tierra, sin saber si llegaría alguna vez a mi destino.
Cuando desperté, me encontraba en la torre. El emperador me miraba malhumorado desde su silla mientras unos soldados me sostenían dubitativos de ambos brazos, que para mi asombro no se quebraron a pesar del frío. Me soltaron en el instante en que levanté la cabeza, caí como un saco de tierra.

Todos allí suponían de mi fracaso, pero esperaban escucharme. Descubrí la joya de la princesa y el rostro del emperador se nubló. «No hay nada ya para mí más que esto, la prueba de que esta hermosa mujer existió y murió estando en mis manos», con gusto hubiera recibido a la muerte si me permitiera amarla en mi próxima vida. O quizás no, quizás estaba escrito en mi destino actuar de otro modo, traicionar al amor para luchar por el poder, entregar la información que había recogido en bien de la nación que nos esperaba con los brazos abiertos, y convertirme en héroe en honor a su memoria. Es un bien despreciable ese honor que todo lo trastoca, que reprime el flujo natural de la vida, que obliga a vivir o a morir en nombre de algo que nunca hemos visto. En «honor» a su memoria, nunca pensé en morir a su lado, sino en sobrevivirla para construir el mundo que me tocaba construir como soldado.

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Pronto el siguiente relato, que viene de parte de Hao Sigismondi. Saludos.

martes, 2 de agosto de 2016

Una historia negra (de nariz roja) II

Estamos de vuelta pronto con la segunda entrega de este atrevimiento llamado Una historia negra (de nariz roja). Que quede claro que lo hacemos solo por diversión, porque ¿a quién no le divierte un tipo con nariz roja? Estamos jugando, estamos llevando este drama más allá de la ocurrencia a varias ocurrencias o a una gran ocurrencia. ¿Tendrá sentido todo esto? Eso solo lo sabremos al final.


.+.+.+.+.+. Una historia negra (de nariz roja) II.+.+.+.+.+.+.

La nariz roja parecía distante. Llevaba colgada sobre la imagen de la virgen ya más de un año. Para él no significaba ya la entrega de su pasión, de su vida, a los espíritus agobiados de Lima, una vía de escape para las mentes que se perdían entre la lejana voz del presidente valiente que se enlodaba las botas y se lavaba las manos para atender la crisis nacional, y las diminutas prendas de las voluminosas mujeres que acompañaban injurias e improperios en las portadas de los diarios más comprados. Había perdido todo brillo propio y era ahora un ritual permanente de purificación. ¡Y cuánta necesitaba! ¿Cuánta? No era suficiente un año, aún la sentía manchada por las palabras del productor de la serie. «Apología», pensaba todo el tiempo, «apología», la palabra le encogía el pecho por las noches, dificultando su respiración.

¿Que por qué no se deshizo de ese objeto, de esa trágica historia? No habría sido más fácil. No, no podría estar tranquilo si no pagaba él también su propia culpa. El ritual, por tanto, también era suyo, también pretendía alcanzar el perdón de un país que desconocía tanto sobre su traición como él mismo antes de aquel día. Por eso no cambió del todo, por eso no se ocultó y tan solo cambió la M de su nombre por una C, para seguir sonriendo. Odiaba tanto esa falsa sonrisa... pero era demasiado creíble, su rostro se había acostumbrado a esa expresión, la tenía estudiada a detalle y le salía tan natural fingirla que a veces él mismo se creía esa felicidad, esa «falacidad», pero todo se terminaba al volver a casa y reencontrarse con el rojo intenso de la nariz roja.

Escuchó una explosión. Eran los últimos minutos del 31 de diciembre. Pensó que con suerte llegaría a Barranco, con sus nuevos amigos, para olvidarse de todo. Sabía que no podía huir para siempre, que algún día se descubriría la verdad sobre aquella serie de televisión, y si no era la justicia quien lo juzgara poniendo en duda su patriotismo, algún remanente de la saliente corrupción fujimorista o de la subversión se haría cargo. Ingresarían al cuarto cuando estuviera dormido, sigilosos como un avión de papel, y estrellarían contra su cráneo la primera bala de un arma silenciada. La única y la última para él. Así mueren los soplones, los traidores, los terrucos de mierda. Y a nadie le importará nada tras su muerte excepto el único pasado suyo que valió la pena, colgado sobre el cuadro de la virgen, vigilante. «Ha muerto el intérprete, el instrumento, mas no el personaje». Realmente era un chiste.

Ahora que lo piensa bien, quizá su amigo, el abogado, no sea de confianza, lo tiene al frente y le sonríe,  como es costumbre entre la gente «de sociedad». Tiene cara de cojudo, de traidor, lo vendería por algo de plata, vendería su secreto si lo supiera, igual la modelito, ella se iría de frente con su galán el tombo. Christian, Susan, María Isabel, Rodrigo, Carlitos, Romina... todos podían venderlo, dejarlo de lado si supieran la verdad detrás del personaje de nariz roja que al que les gusta llamar para cagarse de la risa. Muy complacido, él interpretaba una versión edulcorada de su personaje, con una nariz invisible, pero que para él tenía un color rojísimo que no podía ignorar. Pero ponte una pues. No, no, es que no tengo. ¿No te digo que es un huevón? Otra vez el abogado. Hoy también le pidieron el favor de hacerse el payaso, pero no aceptó. Estoy cansado. Ay, qué aguafiestas que eres, amiguito. Justo te había traído una nariz, para que recuerdes viejos tiempos. El abogado no le tiene compasión. Es un hijo de puta, apuesto a que también es un marica. Lo golpearía solo por eso, pero es influyente, conoce gente importante... Tal vez no fue buena la decisión de hundirme entre la gente de bien, tal vez... Siente palpitar su rostro, todo es azul, rosado, rojo intenso, pone la mano en su cuello y confirma que su presión ha caído. Las risas se hacen insoportables. ¿De qué se ríen? Se ríen de mí, de mi debilidad, especialmente el abogado, su mirada lo condena como si lo supiera todo. Debe escapar. Volverá a la soledad de su habitación una vez que su respiración se normalice. Romina se acerca, le toca un hombro. ¡Suéltame! ¿Qué te pasa? Nada, déjame, estoy bien. En su mirada hay miedo y rencor, no les perdonará nada, son todos ellos unos traidores. Cuando llegue a casa... Cuando llegue... tomaré la nariz roja de encima del cuadro y volveré a verlos, pronto, muy pronto, antes de que ustedes me acorralen a mí.
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Y ahí... ¿termina ahí la historia de este claun? Quizá sí, quizá no... pero de que hay tercera parte, parece que habrá.

jueves, 28 de julio de 2016

Una historia negra (de nariz roja)

Justo en el último día de la universidad,  la facultad fue visitada por el productor de una serie conocida de los Noventas: Pataclaun. Lo que contaría a los tres gatos asistentes, porque literalmente eran tres, mi amigo, el organizador y una bailarina de ballet de la escuela de Danza, sería espeluznante. Al punto que me hizo escribir una crónica. Algo como esto:


¿Sabían que Pataclaun fue una metáfora del conflicto armado interno? ¿Del terrorismo? Nos había preguntado a boca’ejarro un amigo de la universidad mientras almorzábamos en el patio de Letras. Regresábamos de unas vacaciones extenuantes y aquello era lo último que queríamos escuchar. ¿Sabían que un productor le dijo al elenco en pleno que su obra era una metáfora de Sendero? Gonzalete trastabilló, reculó y dijo, no, no: él representaba al Presidente Gonzalo, a Abimael. Queca, por su parte, a ¿Augusta la Torre o a Elena Iparraguirre? ¿Y Tony?, le pregunté, timorato. A Víctor Polay Campos. Los tres actores quedaron alelados con la confesión del productor. Y decidieron renunciar.  Lo dijeron casi al unísono. Pero había algo en la cláusulas pequeñas de sus contratos que aquel productor les leyó en voz alta: «Aceptamos ser apologistas de la lucha armada y del Luminoso Sendero de Mariátegui», que efectivamente al posar una lupa en ellas así rezaba. Sudaron frío: eran apologistas. Se miraron entre ellos. No había marcha atrás. Filmamos mañana, chicos.
¿Y Machín, Wendy y Monchi?, le preguntamos a nuestro amigo conspirador. ¿Qué no la sacan? El lado opuesto del terrorismo, pues, el que se hizo desde el Estados. Nos miramos estupefactos. Tenía sentido. Alberto, Susana y Keiko: la familia Fujimori. La familia principal de la serie.

viernes, 22 de julio de 2016

Cristiano Amor V

Cristiano Amor


V
El cáncer de su madre había sido algo que Cristiano ni se lo esperaba. Mi madre trabajaría hasta cumplir los 70 entonces se podría jubilar para hacer su negocio de postres. Era lo que ella esperaba. A mí no me importaba. El contacto que tenía con ella era mínimo. Era como si yo huía de ella. La evitaba. Yo me enteré de lo suyo cuando una enfermera me llamó: su madre ha entrado en coma, por favor venga. ¿Ah? ¿Coma? ¿La vieja? Imposible, ella era fuerte como un roble... Jamás la noté mal. Es decir, estaba más delgada. Es decir, pude ver su cráneo, vislumbrarlo, nítido, en mi cumpleaños. Oye, vieja, come más, pues. Ella río. ¿Era eso una lágrima en sus ojos? En todas las fotos salía llorosa. A la semana. Menos. Coma. La vieja se moría. ¿Me necesitan para donar sangre? ¿Coma de qué? La ¿enfermera, secretaria, dependienta? del hospital hizo una pausa. ¿Ah? Venga lo más pronto posible al Hospital del Empleado y pregunte por su madre. Colgó. Tenía un cáncer vesicular grado IV que ya comprometían a las vías biliares. Se lo habían detectado hacía 10 meses. ¿Su expectativa de vida? Tan solo de 6 meses. Es un milagro que su madre haya durado tanto. Mi cumpleaños había sido hace unas semanas, doctor... Quizá quiso verlo, entonces, joven. Cristiano maldijo a Dios con toda su alma, al cuerpo interne de su madre y se dijo que nunca, jamás, volvería a creer en la casualidad. Huevón, eso no era de Dios sino del diablo de mi padre que me hacía una pasada odiosa. Ese huevón. ¿Hasta los criminales tenían epifanías como esta? ¿Lloraste cuando tu madre se enterró? No fui. Me robé su cadáver a las pocas semanas. Aún tenían color sus labios, su rostro gélido no apestaba y besé sus mejillas repetidamente. ¿Era demasiado pronto para sacarla? Quería ver la verdad. Llamé a Pedrito. Él tenía conocidos en la morgue. Fue fácil ingresarla. Tengo sus huesos en mi departamento. Su ataúd está vacío en el cementerio. Ella me acompaña, huevón. ¿Qué edad tenías, Cristiano? 23 años. ¿Y tu madre? 63. So Young

domingo, 10 de julio de 2016

Cristiano Amor IV

Cristiano Amor

IV

De su madre no recordaba mucho. Siempre le pareció poca cosa pero, te digo, ella fue más inteligente que yo en muchos aspectos. Y que mi padre. Me confesaría. ¿Cuánto tiempo estuve viéndolo? No lo recuerdo. Pero no fue ni un mes. Ella se dedicaba a poner inyecciones a domicilio. Veía su trabajo aburrido respecto del de mi padre. No había acción ni drama... ¿Que cómo sabía de mi padre si él no hablaba con nadie ni salía en la prensa? Pues por ella justamente. Ella era la encargada de contarme qué hacía mi padre. A él nunca lo veía ahora que recuerdo... Sí, pues, todo lo sabía por ella. Por mi madre. Y recuerdo un caso muy particular. Un día, cualquier día, la acompañé. No porque me gustara lo que hacía sino por las casas donde iba. Algunas más lujosas respecto de otras. La clienta vivía solo a pocas casas de la nuestra. Era viejita, de unos 80 años. Quizá más... Vivía solo con su marido. Un hombre mucho mayor que ella pero que se veía más vigoroso e incluso lúcido. Recuerdo un detalle: un televisor Samsung Star de 14" pulgadas nuevecito. Todas las veces que fui, que fueron varias, siempre estaba prendido en alguna novela de turno. La casa de los viejitos era muy particular porque parecía que estaba acondicionada para cuidar a la vieja. Para que el viejito cuidara a la viejita. Y bien qué pasó ahora, le preguntó mi madre con un infinito amor que en aquel entonces no valoraba pero que a veces extraño. Solo a veces... Es que es la idea de mi madre lo que extraño y no a ella. Es decir, ella me molestaba pero, idealmente, como ya no está, su recuerdo, la evocación misma es dolorosa: solo se recuerda la dulzura y no la controversia. Ella me molestaba en vida, sí, claro, pero cuando la recuerdo eso se neutraliza y, pues… huevón, queda la nostalgia. Eso, claro. Mi madre era muy dulce y muy amable y creo que por eso la menospreciaba porque no era como mi padre ni como yo. ¿Que de qué murió? Cáncer. Nadie la tocó. Sabían que era mi madre y si alguien la tocaba yo, pues, lo mataba. Ja, ja, ja, ja. Es decir un decir, huevón, cambia de cara. Yo jamás ejecutaba pero tenía gente que lo hacía. No mandaba matar, solo amedrentar. Me quedé callado un buen rato mirándolo fijamente. ¿Tuvo miedo debo confesarlo? ¡Nunca he matado a nadie!, gritó Cristiano. ¿La disquisición entonces podría girar en torno a si matar a alguien es hacerlo o también puede planearse?, me atreví a preguntarle. Vamos, Cristiano, veía cómo esbozaba una sonrisa y decía ya te he dicho... No me importó.  Tú eres más inteligente que esto, frase cliché, ja. Es que yo nos los maté, carajo, ¡¿que no entiendes?! Era la primera vez que lo veía alterado. ¿Cuántos días ya había estado sereno? Estaba gritando y pateando las paredes que de la celda. ¿Se tiraría un cabezazo contra la pared para pasar una temporada en el hospital? Un policía se acercó y me miró con sorna. Lo miré serio. ¿Ya te calmaste, Cristiano?, le pregunté. Vete, mierda, ya no hablaré contigo, huevón. ¿Y dejarte que jodan? Como quieras, Cristiano. No lo dejé terminar y le pedí al guardia que me saque. Huevón, tranquilo, pensé, vendré en una semana. Sentirás la pegada. Ese fue mi primer errror.

*

La vieja tenía ¿unas tijeras? en el estómago. ¿Abrirla de nuevo? Imposible, su diminuto cuerpecito no resistiría. ¿La iban a dejar morir entonces, mamá? ¿No se podía hacer nada? Nada, Cristian, nada. Pero está mal, ¿por qué no se queja el viejito? ¿La viejita? Palomita, le dijo a mi mamá, tú eres tan buena, tan buena, dile a mi Panchita ¿Panchita? que venga a ver a su papito ¿dónde estaba el papito? Había salido a comprar una aguja más delgada: mamá no podía ponerle inyección: la abuelita no tenía ni venas y aquella aguja del Seguro sería muy dolorosa. Anda a comprar, pues, Panchito. Doña Panchita. Por favor, Palomita, me voy a morir. Era la primera vez que oía que una persona sabía que se iba a morir. ¿Acaso mi mamá no fue la primera? No recuerdo. ¿Fue mi primer contacto con la muerte? El televisor seguía encendido y yo lo miraba fijamente fingiendo no escuchar nada. Nada.

miércoles, 29 de junio de 2016

Cristiano Amor III

Cristiano Amor

III

Mira, tú simplemente vas a su casa de su mamá y te haces pasar por predicador, la vieja es católica y te hará pasar. Una vez dentro un par de ajos y ya, qué Dios ni la concha del gato, sacas el fierro y disparas. Sin munición ni nada. Solo disparas, *clack*, ese sonidito aturdirá a la vieja. Ojalá no le dé infarto ahí nomás. La cosa es asustarla. Solo eso. Cristiano Amor había tratado, de verdad que sí, huevón, pero la vieja se puso cojuda preguntándome por la Trinidad y si estaba con la virgencita. ¿Qué virgencita, huevón, si hay varias? No supe qué responderle y comenzó el chongo, huevón, porque la vieja no estaba sola sino con una sobrina suya, no sé, joven, delgada, bien simpática. Salió ¿me reconoció? Pero, ¿de dónde, ah? La cosa es que se asustó. Se asustó la chica, digo. Puso cara de espanto y, zas, gritó. Parecía que recién se levantaba porque estaba con un top rosado que le traslucía la barriga toda plana y su ombligo más bien pequeño. ¿Recién se levantaba, huevón? Ah... era como que... 4 de la tarde ponte... Sí, siesta, fácil. Estaba bien, para qué: todo el cabello ondulado, ondeante, de rico olor. Era feriado, creo que el día del pescador, seguro que era universitaria, esos no estudian feriado, como colegio, pues. Ah. Debió pensar: ese es choro o quizá se dio cuenta que no sabía ni culo de la religión esa. Eso fue lo que me descuadró. Luego vinieron los gritos. ¿Saqué el arma? No me acuerdo. Pero que la apunté al final como dice el parte policial, sí. No pude entrar a su casa y me quemé solito, conchasumadre. La sombra del padre es ineludible en todos sus actos, pensé de inmediato. Fue así como incursioné en la acción y ya no en las palabras. Yo era «papapá» y ya. Sin hablar. Solo ejecutaba. Pero jamás maté a nadie, huevón. Solo había antecedentes de Christian desde que tenía 20 años. Aquel episodio que me contó solo existía en su memoria... ¿Ni si quiera eras mayor de edad, no? Le pregunté. Pero, ¿cómo? ¿Acaso entre mafiosos no se decían qué y cómo se borraban sus historiales? Cuéntame más, Cristiano. Me miró risueño, huevón, solo mis víctimas me dicen así. O me decían. Reí de buena gana.

domingo, 19 de junio de 2016

Cristiano Amor II

Cristiano Amor


II

Cristiano aún no se había olvidado de aquel episodio de su niñez y desde muy joven comenzó con los fierros. El primero lo obtuvo en el trabajo de su padre. Él, su padre, se desempeñaba como agente encubierto de la policía sin serlo precisamente. Era hábil con las palabras y eso bastaba para la policía. Podía engañar a sus eventuales informantes y hacerse amigo con facilidad de ellos. Caía bien, tenía sex appeal, ángel, carisma, no sé, compadre. Pudo hacer caer a capazos del narcotráfico y de la trata de personas con una facilidad increíble. ¿Recuerdas a ese gringo que le decían la Bestia? Ese... el que violaba niñas, incluso violó a la hija de su colaborador. Mi padre lo capturó gracias a que se hizo pasar por cliente, uno muy ficho y exigente ¿que cómo? Pues la verdad no sé... Él era un hombre de pocas palabras. Jamás hablaba con nosotros, mucho menos de su trabajo... Cristiano lo admiraba. Una vez lo acompañó a hacer un reconocimiento. Como civil encubierto participaba en muchos reconocimientos para facilitar la labor de la policía. Su tarea era básicamente incriminar acusados, fungir de testigo, mentir rampantemente sin si quiera haber visto a su víctima en su vida gracias a aquella capacidad única de hilar mentiras creíbles, creérselas él mismo y argumentar. Claro, ahora lo niegas, cachafaz, cuando te dije expresamente que le dejaras de vender esa porquería a mi hija, miente, ladrón, miente que algo quedará, se ufanaba su padre mitómano. Habían capturado a un extorsionador de colegio de un distrito populoso de la capital y era él, Morr, al que necesitaban. Cristiano vio el arsenal de armas que le habían incautado al acusado: granadas, rifles y sobre todo pistolas. Infinidad de ellas. Cuando hubo terminado la presentación le preguntó a un joven policía que qué harían con ellas. Las botaremos o quemaremos, dijo risueño el oficial. Un brillo malsano provenía del rabillo del ojo. ¿Cuánto dinero tenía? ¿Le alcanzaría? El robo siempre es un opción pero con tantos policías y como no había traído mochila lo descartó de inmediato. Tengo 100 soles acá pero te puedo dar más. Dámelos ahora y el arma estará en el basurero de la puerta tres. Sé puntual porque hay mucha gente. Y si no me das 500 más en dos semanas diré que la robaste. Sé quién eres, sentenció el oficial e hizo un además como para que se fuera. Fue así como se hizo con su primera arma. Su historial delictivo empezaría a las pocas semanas. ¿Cuándo fue que mataste por primera vez? Cristiano me miró dubitativo. Maté a mi primer hijo a punta de puñetes. Nada más, me dijo serio. Jamás, escúchame, y me lo dijo mirándome fijamente a los, jamás, repitió, he matado a alguien. ¿Mientes, Cristiano? ¿Mientes igual que tu padre? ¿Qué es traición a la patria entonces? ¿De qué te acusan sino de matar a un miembro importante de la cúpula del ex presidente justo un día antes de su juicio oral? Un mero criminal, un sucio pero inteligente criminal que asesinaba gatitos por diversión antes de pasar a la secundaria, porque hay que hacerlo con garbo, pues. Y que luego lo confesaría en una libreta. Tu primer juicio, ¿no? Ah, sería la respuesta. ¿Ah?, qué, imbécil, se trata de vidas. Ya, pero siguiendo qué lógica. Imagínate esto: por qué a los polleros o carniceros nadie les dice nada. Doble negación en castellano hace sino reforzar la negación con la que niega, es otro plano. Otro. Ellos meten al pollo vivo al agua caliente para sacarle las plumas luego le cortan el pescuezo. Sufrimiento a rabiar, entiende. A rabiar. Eso que ni hablar de los carniceros. Ahora, yo por pegarle a un gatito, por disfrutar de su sufrimiento, me granjeé un juicio con una vieja loca y estéril. Porque esa mujer no ha tenido hijos en su vida, huevón, y zas, a pagar. ¿Aún no estaba normada la ley de protección animal, no? No, pues. Hubiera sido su primera cana, pensé. Ya era un problema desde pequeño. ¿Por qué me encontraba acá, inmerso en un caso que sabía que no tenía buen puerto? Prendí un pucho. No sabes aspirar, huevón. Me molestaba que me diga así. ¿Cómo fue todo? Lo vi mientras lo trasladan a una celda unitaria del Palacio de Justicia. Christian Morr ¿un reo? El mismo que tenía fama de mujeriego y pingaloca en el cole. ¿Que estuvo con Betsy, la de 5to cuando estábamos en 3ero? Huevón, me la caché. Sabía que alguna vez pagaría por tanto pero ¿preso? El VIH hubiera sido un final más digno para él. Preso y ¡encima con cargos políticos!, era un fin poético, mucho, para alguien como él. No se lo merecía, no.

miércoles, 15 de junio de 2016

Cristiano Amor I

Cristiano Amor


I

Christian Morr, Cristiano Amor, nació en la calurosa Iquitos pero a los 3 años se trasladó a Lima. De la selva no recuerda nada salvo los mosquitos. Hubo muchísimos cuando vinieron por su padre. ¿4 o 5 policías? ya no recuerda. Tú no vas decir nada de nosotros, nada. Si no te mueres. ¿Lo estaban apuntando con un arma a él también? Fue su primer contacto con las armas. No se asustó, no. Sintió más bien curiosidad. Cristiano, no, gritó su madre, a él no, tómame a mí, viólame a mí, gritaba su madre y él tuvo un impulso sobrehumano de acercarse al arma para sentir aquella frialdad del fierro. Mátame de una vez, hubiera dicho, ¿no? me confesaría entre risas. ¿Qué había pasado? Mi padre estaba involucrado en la falsificación de firmas del ex presidente japonés y como había caído gracias a los videos de su asesor narcisista toda la gente que lo ayudó de alguna manera en su re-relección peligraba. ¿Fue ahí donde se dio aquella amnistía masiva a los militares?, me preguntó mientras apagaba el pucho en el suelo de su celda. Me encogí de hombros. Huevón, me tienes que sacar. Con el cambio de gobierno antes de lo esperado por la repentina muerte del Presidente anciano, la hija de aquel ex presidente que originó su desgracia, el sino de su vida, había salido elegida para sorpresa de todos. ¿Cómo? Hasta ahora las cosas no estaban claras. Decían que el Presidente había muerto envenenado por manos de ella. O de sus secuaces. O que simplemente el poder acabó con su vida. ¿La vejez? Las circunstancias no estaban claras. En el ínterin su vicepresidente convocó elecciones a la semana y fue ella, la hija del reo ex presidente, la única que se presentó. Si bien hicieron elecciones y hubo más del 30% de votos viciados, ella ganó. Ganó por defecto. Y, curiosamente, lo primero que hizo fue perseguir a todos los que habían ayudado directa e indirectamente a su padre. Y a ella. ¿Otra vez, Andrés? Pensaba deshacerse de toda evidencia que la incriminara seguramente. Ahí cayó Cristian. Pensaba, seguro, no cometer los mismos errores que su padre. El ex asesor murió en menos de un mes de la asunción de su nuevo cargo de mandataria. ¡Por fin lo había logrado, tras tanto intentos, padre! Ella lo sería en el bicentenario de la patria y por cómo iban las cosas Cristiano ¿pasaría preso todo ese periodo? ¿Cómo se libera a alguien acusado de traición a la patria? ¿Qué se argumenta ante leyes con nombre y apellido? ¿Qué se hace en el caos campante? Quizá era su merecido por todo su abultado prontuario. El juez siempre me pregunta si no quiero confesar, Christian. Que me reducirían la pena, habla nomás, oye, pero sé que si lo hago será para que atrapen a los demás y ahí sí estaré en problemas: dos bandos querrán matarme. Ya no solo me cuidaré de ella. ¿Tan importante es un mero criminal?, pensé, que su vida tiene que ser custodiada incluso en prisión. La dama de los tósigos acabaría con su vida ni bien terminase de hablar: ya no sería útil. Un mero estorbo. Había que ganar tiempo.

domingo, 15 de mayo de 2016

Uróboros de fiesta

Uróboros de fiesta


Yo soy machista. Pepe también. Y quizá la mayoría, si no todos, mis amigos. «De hecho todos lo somos», había escuchado decir a mi amiga feminista. A la dueña del santo. Cumplía 23 años un 23 de abril, día por lo demás cargado de toda una simbología amable con las muertes de los clásicos español e inglés, amén de nuestro Inca mil veces repudiado por quejón y, hay que decirlo, malquerer a los suyos desde afuera, tan actual, Mario, tan actual... Si bien es cierto que fuimos a la reunión más bien derrotados que entusiasmados, ya dentro de la casa decidimos no solo poner nuestra mejor cara sino comprar bebidas. Harto trago, compadre, que hoy quiero chupar. En el ínterin Pepe, ¡el gran Pepito!, intentaba «algo» con una amiga de mi amiga feminista, recordé el «todas estamos en la lucha, Juanito, pero nos gusta ‘esta’» que tanto me afirmaba mi amiga. «Dame un beso, Juanito», me imploraba, «dame un pico, huevón», me susurraba al oído, «para poder agarrarme a la chata que está más rica, conchasumadre». «Nada, compadre», me excusaba, «no eres mi tipo», mentía, que «podría hacerlo con Yoshi», jodía, que tenía un parecido a un baterista japonés. A lo que Yoshi respondía con una negativa que en el fondo aplaudía. Azuzado por mi amiga y su amiga, Pepito insistía, todo esto bajo la mirada atenta de un grupo de chicas, invitadas de mi amiga de hecho, que estaban alejadas de nosotros. Como si estuvieran en otra onda. Nunca las había visto. ¿Serían feministas? En ese momento de la reunión, porque, ¿qué es un cumpleaños después todo sino una junta de amigos en busca de agasajar a un amigo o colega por su nacimiento?, no sé si por lo alcoholizado, Pepe ya había perdido toda dignidad al rogarme falsamente, casi de rodillas, que lo bese. «Igual la besarás, huevón», le argüí inútilmente al oído, «me la quiero cachar, pues», fue su contundente respuesta al tiempo que a Yoshi lo empujaban del alfeizar de la ventana para que cayera en el mueble. «Es tu oportunidad, Juanito», me dijeron mi amiga y la chata en discordia. Reculé al momento que vi la incomodad de Yoshi, su rictus de resignación, si acaso, y, retórico, aduje que jamás besaría ni obligaría a alguien que no quisiera hacerlo. Eso es violencia, pensé, es un tipo de violencia. No recuerdo si fue porque me pidieron trago o porque simplemente la situación era del todo insostenible que dejé a Pepito en aquel impase. Predicamento odioso sus ganas de besar a alguien. O cachársela, como me había confesado. O quizá porque comenzó a vociferar frases respecto de cuál viril podía ser. Son huevadas. Yo ya estaba con el resto de mi gavilla. Había ido con unos colegas que solo tenían ganas de tomar y conversar de libros o de la vida. O de putas, que es una forma de vida. O de ganársela. Yoshi me dice, más bien resignado que triste «ya pasó». «¿Qué?», le pregunto, «¿¡qué!?», repito intuyendo lo que en efecto ya pasó. «¿Qué es un beso después de todo?», le pregunto a Yoshi inútilmente. Él, más que impávido, desinteresado, me dice que «nada, que ya da igual». Ya nada importa, ¿verdad, Yoshi? Decidimos que dejar a Pepito besar a la chata de lo lindo, con total comodidad, compadre, era lo mejor, en el espacio que mediaba entre el baño y una suerte de sala de estar con un tragaluz. Yo había estado en la casa  de amiga muchas veces. Tantas... Si bien es de un piso es más bien espaciosa. En el recinto donde debería estar el auto, el garaje, le dicen, está como que una pequeña sala de recibimiento, de visitas. Con una cómoda, mueble chapado a la antigua, y una mesa circular con tres sillas, era el lugar perfecto para las tertulias, las conversas y el buen joder. Amén de una cama que albergaría, dichosa, a cualquier tertuliano que decida quedarse. Como para separar finalmente este espacio de la sala está un librero con muchos libros de historia de Francia no solo en español sino en inglés. Arriba de aquel lucen hermosos aviones a escala de la Fuerza Aérea del Perú. Atrás, otra mini sala, esta aventajada por una abertura, un tragaluz, que deja observar lo que permite el cielo limeño, estrellas a años luz de nuestro Sol o nuestro planeta. Y, por último, separada con ventanas enormes de madera, la sala de mi amiga. En fin, Yoshi y yo sí habíamos ido por mi amiga, la cumpleañera. Al rato nos sorprende Pepe todo contrito y maltrecho, malhumorado, nos dice que «una cojuda le dijo a la chata que su celular no paraba de sonar y la putamadre y se la llevó, conchasumadre». «Tranquilo, Pepito», le dije, «así son las amigas», mentía mientras me cuidaba de no ser machista ni denostar al feminismo, aquel que sé que practican mi amiga y sus amigas. Por la molestia que emanaba mi amigo decidí ver qué pasó y por qué actuaron así contra él. No es que Pepito se haya querido aprovechar de la chata, ¿o sí? ¿Acaso la chata estaba tan alcoholizada como para no decidir por ella misma? Simplemente ella quería besar a alguien y mi amigo también. «Yo me la quería cachar», compadre, había agregado al final. «Un polvo de fiesta, estaba forrao’, 'mare'». Con la excusa que se acabó el trago me acerqué a la sala. Mi amiga estaba con sus amigas escuchando música de lo lindo. Parecía que en los tres ambientes, el garaje, la mini sala con tragaluz y su sala, había fiestas paralelas.  Pedí trago infructuosamente para los colegas sedientos del elixir de la vida. «Prepáralo, pues», me dijo mi amiga. «¿Hay hielo?» «En la cocina. Está preparándose», me dijo su madre oportunamente, «espera un ratito». Le pregunté a mi amiga si podía cambiar de canción. Como su respuesta fue afirmativa puse una de Jack Ü, donde sale Macchu Picchu en el video clip. Había tenido sueños con cerros y mucha vegetación, pero ni bien terminaba de acomodarme en el mullido mueble escucho que, de pronto, Skrillex toca cumbia. Las amigas de mi amiga que estaban en el mueble del frente a la mesa habían cambiado mi video, mi canción. No les dije nada por respeto a mi amiga, al menos hubieran esperado que termine... «Qué haces, huevas», me dice, Pepito. «Espero el hielo», fue lo que obtuvo de respuesta. Una chica, alta, delgada, guapa, le dice «permiso, permiso», al tiempo que voltea el televisor para el lado opuesto de donde estaba y comienza a bailar con sus amigas. Es una cumbia cantada por una mujer con el cabello rapado. Toda la banda está compuesta por mujeres. Parece un rap. «¡¿Todas en la lucha?!», les pregunta. «¡Qué levante la mano a la que le gustan las mujeres!», vocifera. «¡A mí, a mí!», se oye que la mayoría repite en coro. Veo a mi amiga y pienso que eso es mentira: ella es bisexual. «Me siento excluido», le digo a mi amigo. Ellas bailan, danzan al ritmo de las canciones de rap con el televisor que da hacia ellas en la sala con las otras amigas de mi amiga que no pertenecen a aquel colectivo, ya a todas luces, feminista y, naturalmente, con mi amiga. Cuando por fin están listos los hielos, mi amigo prepara una jarra de trago, «con mucho amor, compadre, porque esta mierda, estas buenas mierdas, se hacen con amor, chuchasumadre, y no jodas, mierda». Cuando regreso por más trago encuentro la puerta cerrada. Aquella que daba a la sala, les hago un ademán desde la ventana a las chicas para que me abran y una, otra vez la más alta y delgada, se acerca y en vez de dirigirse a la puerta cierra las cortinas. Ahora es una fiesta privada, pienso, debe ser una broma, seguro que ahora me abre. Un tipo que estaba sentado fumando en el sillón de la mini sala al aire libre, al observar la escena, al observarlo todo, me dice que se lo esperaba y que no le importa, se llevaron a una que tenía... me dijo, casi imperceptible. Ya no lo escuchaba. «Esto es violencia, un atropello», le digo. «Para mí esto no es violencia, ¿sabes por qué?, porque simplemente no le importa». Lo observo con ira al tiempo que grito que «¡cualquier acto discriminatorio es violencia!». Me dijeron que entré a la sala por la ventana y boté el televisor de 50 pulgadas de mi amiga y que vomité en su torta. Yo no lo recuerdo.

sábado, 30 de abril de 2016

Voluntad

Aquí vamos de nuevo, un post casi al final del mes, sí, es como si nos estuviéramos volviendo un poco flojos y fuéramos a abandonar el blog... pero no (definitivamente NO). Es decir, sí, quizá nos hemos vuelto un poco flojos, pero no está en nuestros planes abandonar EdI. El problema es que nos hemos estado enfocando en cosas equivocadas y quizá perdimos de vista lo demás (al menos eso aplica a mí). Así que, para salvar esa falta probaré suerte esta vez buscando cosas (textos viejos) que nunca completé y que podría ser divertido terminar ahora. Este es uno de esos casos. A ver qué tal quedó...
.+.+.+.+.+.+. Voluntad.+.+.+.+.+.+.

Lo sintió clarísimo. El llamado era en esta ocasión imposible de ignorar. Daba igual si se negaba a mover un dedo, a dar un solo paso, la fuerza que lo invadía era incontenible, se le había clavado entre los sesos, movía sus ojos hacia la desesperación y desconectaba sus manos de su voluntad; le provocaba sudar a mares y jadeaba por el miedo de ser una vez más poseído, preso de una necesidad urgente hacia el mal, hacia la muerte del prójimo y sin embargo un completo desconocido. "Señor, haz de mí un instrumento de…", musitó. La idea de una gran voluntad divina aún funcionaba para calmarlo, para darle la seguridad necesaria y realizar el plan satisfactoriamente, como un heraldo de la muerte o de esta gran fuerza desconocida que le impedía pensar con claridad.

Empezó a perder estabilidad y apoyó su cuerpo contra una pared, la lucha por el control es dura, pero se encuentra ya predispuesto a su destino. Sabe que una vez que los engranajes de la fuerza han comenzado a girar será imposible detenerlos y que tarde o temprano sentirá la dolorosa señal en el pecho, el limpio tirón de soga que ejecuta su verdugo como si su corazón fuera un campanario, la señal inevitable de que se encuentra frente a su víctima, el elemento defectuoso que necesita ser eliminado por el equilibrio del universo. "Quizá será la última vez", algo le decía que su vida de fugitivo, su sacrificio y los altos niveles de adrenalina que experimentaba en cada ocasión terminarían hoy. Tal vez se trataba de otra señal de la fuerza.

En medio de la calle, sabía que el elegido podría ser cualquiera, sin importar su condición. Daría igual si fuera un hombre de saco y corbata, una mujer embarazada o un niño perdido; daría igual si fuera el amigable anciano de sombrero verde que le regaló la mitad de su miserable almuerzo hace varias horas. Ha sucedido antes, sí. Piensa en la primera vez que sintió el llamado, la desesperación, los gritos que dio, su familia volviéndose loca, llorando al ser descubierto con las manos en el cuello de su padre. Pensaron que estaba loco y se lo llevaron al psiquiatra, pero no dieron con nada, ocultaron el crimen por vergüenza y por la misma vergüenza se vio obligado a escapar de sus ojos. La voluntad lo llamaba otra vez y no podía continuar escondido o vendrían por su él. Nadie lo entendía realmente, pero se trataba de una lucha por sobrevivir. Él era el elegido del destino para corregir los desperfectos del mundo y si no cumplía con su misión, su corazón explotaría. El dolor en el pecho y la invasiva necesidad de matar que lo invadía eran la prueba. No importaba quién fuera la víctima, la fuerza se encargaría de llevarlo a cabo, con su ayuda o a expensas de ella.

Entonces sintió el dolor. Un maldito punzón le apretaba el pecho y podía sentir las campanadas como una cuenta regresiva hacia el final, pero su víctima no estaba ahí, no era capaz de verla. Si hubiera sido de su completa elección, escogería sin dudar a los maleantes que vinieron a darle encuentro haciendo alboroto. Lo golpearon todos entre risas sin que emitiera queja alguna. Entonces recuerda la oración de San Francisco; le gustaría ser como él, o como Abraham, y entregarse por completo. También le gustaría que, como en la historia de Abraham, la voluntad divina que lo posee le contuviera el brazo a tan solo un instante del golpe de gracia. Lamentablemente eso solo es una historia, piensa. Aun así, tampoco la voluntad ha determinado que ataque a estos maleantes, pero a ellos no les gustan los muñecos de trapo ni las bolsas de arena y marcan su retirada con un escupitajo.

Solo, con la cabeza al suelo, sintió el transcurrir de las horas observando el paso de la gente. Le pareció un espectáculo sombrío de sujetos sin identidad, pero armónicos, sumisos ante la voluntad de una fuerza más grande que todos ellos juntos, y él completaba la escena como la mano que decide el destino. Sus ojos estaban al punto para identificar a su víctima, la vería como si fuera lo único que existiera en el universo, así de claro era su objetivo, así de fuerte era la voluntad que le permitió diferenciar la figura descuidada de su enemigo un segundo antes de sentir el dolor en el pecho.

Lo vio tambaleándose entre la multitud, era un tipo sucio, un malnacido al que no le importaba insultar a quien se metiera en su camino. Sintió que la fuerza era justa y que ese hombre merecía morir. Lo veía acercarse y lo aborrecía, crecía en su interior un odio infinito hacia ese ser humano, hacia ese defecto universal y en su mente solo podía mantener la idea de aniquilarlo. Se veía sujetándole el cuello y quebrándoselo como a un ave, percibiendo el descenso de su presión sanguínea y soportando su asqueroso olor a alcohol, que comenzaría también a impregnársele, pero le importaría poco ese olor ante el triunfo y el cese del dolor en el pecho. Este hombre que merecía morir por fin ha muerto, este hombre es con seguridad el que estaba llamado a matar desde el principio, y no esos jóvenes perdidos ni esa mujer embarazada, sí, él no sabía que estaba embarazada hasta que apareció en los diarios, pero la había matado y también al bebé. Podría contar todas sus víctimas como un camino duro de recorrer para llegar a este objetivo final, un hombre que con seguridad corrompía jóvenes a tiempo completo y se aprovechaba de la gente en las calles, un matón, un ladrón, un borracho, un defecto al fin. Estaba convencido de que debía terminar con él, tenía los puños listos y la mente clara cuando se lanzó a atacarlo y forcejearon. Cada golpe que le daba en el rostro diluía el dolor en su pecho, pero no era un rival sencillo de vencer, también recibió golpes y escupitajos e insultos. Sus manos atraparon el cuello de su víctima y lo arrinconaron, sintió su aliento de borracho y el poder de terminar con su vida en un instante, apretó con más fuerza y escuchó como si algo se quebrara, pero fue él quien empezó a respirar con dificultad. En su mente estaba claro que su misión última había terminado y que por fin sería libre. Entonces vio elevarse frente a él una botella rota manchada en sangre y volver a su cuello para darle el golpe final, esperó la irrupción de la mano de un ángel, pero nada la detuvo. Esta vez era la última, sí, y la voluntad se había hecho cargo.
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Bien, eso ha sido todo. Gracias por leer :)

lunes, 29 de febrero de 2016

Viaje

Febrero está muerto. 
Un tonto relato, sobre la idiotez y los prejuicios y la certeza de estos.


Viaje

Oyó la palabra en un bar, no tenía sentido alguno en ese momento. La gente concurría a un lugar para adormecerse un poco. La vida era demasiado cansina y no dudaba en mantenerte despierta en este mundo asfixiante, azul. William tomaba una cerveza porque quería encontrar una razón para seguir adelante. La calidez del alcohol, la falsa calidez del lugar hacía que mirara todo con un cristal engañoso.

William reflexionó y se dio cuenta de que no tenía hacia dónde ir. Un segundo de reticencia lo dejó con un pensamiento que planeaba sobre valles sin nombres. Oyó la palabra de nuevo, mas ninguna campana sonaba. No había un aviso que le dijera, “despierta, este es el momento, ése es el lugar”. Se encontró confuso, pensando que el barniz de la tabla era un color hermoso, un color al que nunca le había prestado atención. Comentó, ausente:

“Esta mesa, tiene muy buen color.” Se le ocurrió que el color que su mente trataba de encontrar era rojo.

Era marrón, pero eso  no tenía importancia. Se le ocurrió que tal vez  su viejo amigo había muerto porque tenía meses sin dirigirle la palabra. No se habían mandado correos. Se dio cuenta de algo: tenía tiempo alejado de su vida no-virtual. No sabía cuál era la diferencia entre esa y esta. Se sintió en un mundo simulado, en donde bebía y trabajaba, ganaba dinero y luego bebía más. William  especuló que podía ser reemplazado por una máquina. Una máquina precisa que hiciera las acciones que había hecho en los últimos meses. 

Un segundo hecho brilló por su ausencia, si dudaba de la vida de su amigo porque tenía ocho meses sin dirigirle la palabra, ¿qué pensarían sus amigos sobre él? No hablaba con nadie, no se había encontrado con nadie. Ninguno de sus compañeros del trabajo sabía algo significativo sobre él. Si acaso sabían su nombre era porque tenían que llevar la identificación a todos lados. William no se daba cuenta de esto aún, estaba ausente, pensando en su amigo. Volvió al ambiente de su trabajo, dentro de sí se hervían toda clase de teorías sobre por qué era tan insignificante para la gente de su trabajo.

“¿Por qué es que la gente no ve en los demás más de lo que uno aparenta? Cuerda de payasos vacíos” dijo, el cantinero oyó la pregunta. Lo vio como quien no entiende la cosa, dijo, sin mucha gana:

“¿Ah? ¿Qué dices?” 

“La gente, la gente solo ve lo que quiere ver.”

“La gente ve lo que está a la vista, es así de simple.” Pensó que el cantinero tal vez tenía una familia. Tal vez en su tiempo libre leía sobre filosofía. Le creó un mundo ficticio, pensó que ese hombre podía estar analizando todos sus movimientos, cada expresión que su cara hacía mientras una tormenta de ideas lo torturaba. Caviló largo rato sobre esto.

“¿Cómo te llamas?”, le preguntó, luego de no llegar a ninguna conclusión tras elucubrar.

“Henry,  ¿y usted?”

“William. Soy un desgraciado , ¿lo ve, cierto?”

“Cada hombre vive tras de sí una tragedia. Algunos toman, otros se drogan, otros no paran de racionalizarlo todo. Son opciones válidas.” El cantinero le pareció arrogante.

“Usted cree que sabe lo que la gente piensa, ¿no es así?”

“Tras años de ver a los mismos desgraciados uno se inventa historias.”

“¿Y eso le da derecho a juzgarlos?”

“Uno se da una idea de por qué un hombre pide whiskey mientras mira pensativo la bebida antes de tomársela. De por qué uno pide cerveza en lugar de ron. Yo pienso, que si uno se lo bebe como usted, de manera tan lenta, como catando una cerveza genérica, con esa mirada tan tristona debe ser porque medita sobre algo. Uno piensa que si uno se dedica a ver su bebida, debe ser porque trata de encontrar su consciencia en la profundidad de una copa. Si uno mira a las personas, al cantinero, y de nuevo a la bebida y da un sorbo simple mientras murmulla estupideces. Uno piensa: ese hombre se debe sentir sumamente solo, debe ser un desgraciado, un rencoroso. Esa es mi opinión.” 

“Usted no tiene derecho a juzgarme. No sabe nada de mí.” William encontró en el raciocinio del cantinero una lógica absurda, ¿por qué este hombre que servía bebidas creía que tenía el poder de analizar a alguien por la forma en la que bebe? Se lo imaginó leyendo una novela barata y creyendo que estaba en una. Un hombre como Henry era un hombre que creía que vivía en una novela, por eso, por su falta de realidad, por sus ficticias razones, era un hombre vacío, en el cual no se podía confiar. Un hombre que se cree actor de una vida de novela no es más que un vacío que llena su vida de palabras. William entendía esto de manera intuitiva. No sabía expresarlo en palabras, por lo que farfulló: “Hipócrita de mierda.” 

La palabra hipócrita despertó en él la memoria de su última novia. Una relación digna de teatro. Una puta hedionda que no podía hacer más que emborracharse hasta la inconsciencia, coger y armar dramas, tontas manipulaciones que se veían a leguas. William se creyó realmente estúpido.

Henry pensó que un hombre como el que tenía al frente, tan estúpidamente honesto, haría un buen personaje principal para una novela. Pensó, mientras servía un Martini a una mujer, que un hombre tan desgraciado como el que bebía su cerveza de tal manera, le recordaba a un personaje de una novela que había leído.

“Un desgraciado que se suicidará esta noche, no dudo que mañana lea en los obituarios que un borracho llamado William se suicidó”, esa era la línea de pensamientos del actor Henry. Un escritor de guiones aficionado, apasionado por la literatura y el teatro.

William se terminó de beber la cerveza. Tomó una decisión. Recordó a su amigo, Juan, del que no sabía nada y se sintió triste. Pidió un whiskey que se bebió de un trago, trataba de demostrarle al cantinero que no había nada en las bebidas que uno escogiera. Henry disimuló su sonrisa, era una victoria personal para él.

“Nos vemos, Henry” dijo, con energías renovadas. “Un placer.”

“Igualmente”, le correspondió el cantinero, y pensó: “Este hombre se va a suicidar esta noche.”  

William escribió una carta a Juan. La mañana siguiente nadie sabía nada de él o más bien, se dieron cuenta de que nadie sabía nada de él. Sus familiares cercanos llamaron a sus amigos, el teléfono de su casa no contestaba. Sus amigos llamaron a su celular, a su lugar de trabajo. Dijeron que tenía una semana sin venir. Indicaron a la policía que un William Nuñez tenía una semana sin ir al trabajo, un mes sin relacionarse con ningún familiar o amigo. Su amigo del alma, Juan, había muerto hace cuatro meses. No fue al funeral, se negó a creerle a cualquiera que le dijera tal sinsentido.  María, que llevaba ocho meses limpia de alcohol o drogas, se aventuró a decir que estaba deprimido, el pobre deliraba y seguro lo encontrarían en la calle, muerto de hipotermia en algún callejón, si no se apuraban.

William vio el amanecer de esa ciudad por última vez un treinta de septiembre. Estaba cansado de las mentiras y las banalidades, se dijo antes de partir:

“En esta ciudad no hay más que drama. Juan, amigo, sin ti esta ciudad no es más que un teatro.” Prendió un cigarro, después de dos años sin fumar, el traqueteo del tren era un sonido que aceptaba en ese mundo de absorción en el que estaba. El trinar de los pájaros era otro sonido que aceptaba. No había más de cinco personas en la estación cubierta de nieve que se derretía. Eran las siete de la mañana cuando partió. 

miércoles, 27 de enero de 2016

Vocación

Yet... digo, y otro "descanso" de Caín... La verdad es que me copié de Zack Z. porque no sabía que poner. Admiren mi sinceridad. Este es un pequeño relato... que tal vez forme parte de un universo propio, distinto del de Caín. Puede que solo sea un relato aleatorio que escribí solo por escribir y que no tiene lugar en ninguna parte, si no en una especie de planeta fantasma, donde la misma escena se repite ad infinitum.  Realmente no lo sé. ¿Cómo lo podría saber? No recuerdo como llegué aquí. Creo que fui secuestrado,  en fin. Diviértanse:




Vocación

Sentí su mirada escrudiñando cada milímetro. Era pesada y desoladora. Pude recrear los hechos que la habían hecho así. Era la mirada de un hombre que lo había perdido todo. Esa mirada que solo alguien que reconoce la perdición puede tener e incluso así había humanidad en ella. 

Conocí su nombre hacía treinta años. Treinta jodidos largos años. Conocía bien al hombre. Sabía que le gustaba el coñac y que cuando no bebía ron, bebía café negro. Le gustaba el sabor fuerte, sentirse despierto. Eran secuelas de la cocaína, me dijo alguna vez. Todavía se sentía inclinado a esa sensación.
“La primera vez que consumí cocaína, maté a un hombre.” Fueron las primeras palabras que oí de él. Estábamos en un grupo de rehabilitación. Era un sicario entrenado por el gobierno. Todos en este salón cometimos asesinatos de algún modo u otro. Determinados individuos creen que presionar un botón que hace detonar una bomba no te convierte en un asesino. Dicen, horrorizados, que solo los que cortan la carne o aprietan el gatillo fríamente son asesinos. Patrañas. Son las excusas que uno se crea. Él no tenía ninguna. Él reconocía que la cocaína solo le dio el impulso que necesitaba, yo comprendía con precisión a qué se refería. 

“El pobre hombre al que asesiné se iba a reunir con sus hijos y esposa al día siguiente. Era un hombre de familia y a la vez un cerdo idealista peligroso para el gobierno. Cuando miró mis pupilas, dilatadas, en esa noche oscura reconocí un miedo descomunal en sus ojos. Comprendió al instante que era una presa y como presa que era no hizo más que correr, tropezándose con los muebles de su casa. Lo agarré por el pescuezo, cual animal, apuñalé su espalda a la altura de los riñones cinco veces. Seguía vivo y gritando con una voz desgarradora. En ese momento me cansé de sus gritos. Pensé que era un cobarde por no plantar pelea, por huir, por llorar como un desgraciado mientras clamaba piedad y gritaba el nombre de sus hijos y su esposa, entonces corté su garganta. Murió al poco tiempo, me fui pirando. Esa fue la primera vez que consumí cocaína y la primera vez que maté a alguien.”

Todos lo miraron con genuino miedo. La gente de la rehabilitación se autocomplacía  con relatos llorosos y trágicos de cómo habían luchado contra las ganas de matar a alguien, de cómo habían intentado mantener la dignidad del asesinado incluso cuando se emborracharon o se drogaron para matarlos. Era pura mierda. Todos sabían lo que había pasado. Lo que contaban no era más que una versión lacrimógena para sentirse mejor con ellos mismos.

Sentí su mirada y supe en ese instante que me había descubierto. ¿Qué se dice cuando la presa descubre a su cazador y ambos se vuelven tanto cazadores como presa? No sé qué se dice. 

Esa era la situación actual. Él era un hombre riguroso, sucio y corrupto. Había embargado sus sentimientos para no sentir como el remordimiento se comía a su alma. Era un hombre que había llorado genuinas lágrimas luego de matar a ese político barato. Un hombre que había llorado solo, pues no tenía amigos. Ocho años desde que mató a la primera víctima hasta que estuvo en el grupo de ayuda. Ocho años en los que se hundió en el más profundo calabozo, y ése era solo el comienzo. 

Había sed de sangre en el aire, oí como la hoja de su navaja salía de la funda y rasguñaba el viento.
Diez años después del grupo de rehabilitación, estaba casado y tenía dos hijos. Un grupo terrorista que se enteró de su papel en los golpes políticos de hacía dieciocho años se interesó por sus servicios. Él estaba retirado. Su esposa y sus hijos sufrirían de un peligro mortal. Se asegurarían de que sufrieran. Le dijeron que cuidarían de ellos, que tomarían su seguridad y bienestar como parte del trato, mas era una banal mentira. 

Llegó a la veintena de asesinatos dos años después. Era frío, sigiloso, calculador. Sabía hablarle a los rateros, qué decirle a los yonquis, cómo tratar a una prostituta. Lo que eran los modales básicos de la podredumbre y la autodestrucción, los tenía perfeccionados. Vivía de motel en motel, consumía heroína de vez en cuando porque le recordaba a la sensación de paz que tuvo en los años con su esposa y sus hijos. No sabía nada de ellos. Cinco años después vuelve. 

Su mujer está prostituyéndose en una calle. Habían roto su promesa, no le pagaron más que miserias ni mantuvieron a su familia. Habían roto la sanidad de su esposa, la habían vuelto una vil puta de esquina. Sus hijos eran maltratados por sus clientes, pero ella solo quería cristal. 

La mató dos días después. Lloró desconsoladamente como no lo había hecho desde su primer asesinato. No había remedio, no había alas en un ángel caído, no había perdón para un pecador, no había un Dios que juzgara alguna cosa, solo hechos que llevaban a la desgracia y a la inmundicia.  Un albur ocioso que dictaba los grados de adversidad de la muchedumbre. 

Diez años después uno de sus hijos era un ratero. El otro lo odiaba y era un estudiante ejemplar, era su orgullo. El ratero violó a una niña de ocho años, luego a un niño de diez. Mató a una prostituta que se negó a mamársela por una calada de su hierba. Su padre entró por la puerta de atrás de su departamento. Era una ciudad fría pero su hijo yacía semidesnudo, consumiendo heroína con su mirada perdida. 

“Despierta imbécil.” 

Estaba ido. No había palabras que lo despertaran ni acciones que cambiaran lo que había hecho. Le disparó dos veces en la cabeza, no lloró por él. Tres días después lo encontraron y lo echaron a la basura. La opinión general era que se lo tenía merecido, un pederasta no es más que escoria defecada por demonios. 

Se lanzó sobre mí con una violencia demencial. No era tan rápido como cuando estaba en su veintena. Sus reflejos habían decaído por milésimas de segundo. No era tan fuerte.  Su navaja desgarró mi chaqueta, medio segundo después mi codo se clavaba en sus costillas, el filo había traspasado el cuero y seguido de largo. Tenía tres costillas rotas. 

“Siempre lo supe. Desde que vi tus crueles ojos verdes. Supe lo que eras.” 

“Lo sé.” 

“Supe que eras un hijo de puta, que no hacías más que juzgarnos a nosotros. ¿Qué has hecho tú, además de mirar? ¿Has vivido nuestras desgracias? ¿Has asesinado a un hombre con tus propias manos?” 

“A miles de ellos.” 
 
“¿Has llorado alguna vez?” Una lágrima parecía asomarse por la esquina de su ojo. 

“No. Nunca.” 

“Lo sabes todo.”

“Lo ignoro, realmente.” 

“¡Cómo puedes...!” Estaba indignado. 

“Es inútil saberlo todo. Pero por ejemplo, me bastó sentir tu mirada para conocer tu nombre.” 

 Había algo más.

“Nunca te conocí. Nunca me viste hasta ahora.” 

“Hasta el momento en que te diste cuenta de quién era, no tenía la menor idea de tu existencia. Entonces conocí tu nombre y las tuercas hicieron que estuviera ahí cuando confesaste por primera vez todo. Lo demás lo supe por inercia.” 

Lloraba lágrimas de impotencia. 

“Es la tercera vez que lloras desde que eres un adulto. Tú vida está por irse.” 

Sus manos temblaban, no podía articular una palabra, comprendía lo que pensaba. Cavilaba sobre mi horrible naturaleza, sobre mí, lo pesado de mi severa mirada. 

“Incluso las miradas de los hombres pesan sobre las de nosotros, los privilegiados. Tal vez tú fuiste uno o tal vez serás uno.” 

Mi mano cerró sus ojos, hubo paz en su cuerpo. El tiempo se detuvo. La decadencia del lugar fue revocada por un hermoso palacio blanquecino.

jueves, 21 de enero de 2016

Entrevista laboral

¡Hey!, ya estamos de vuelta y este es el primer post del 2016 :D Bueno, no sé si sea para entusiasmarse tanto, pero sí que se siente bien volver al blog y que esta vez no haya pasado más de un mes. Este relato es un respiro de CAÍN, para distraernos un poco. Anecdóticamente, esta historia la escribí en 2013 y la perdí, pero solo hace una semana me digné a reescribirla (y como no encontré una imagen que me gustara, improvisé un dibujo). Veamos qué tal nos va con los felinos...


.+.+.+.+.+.+. Entrevista Laboral.+.+.+.+.+.+.

El único paisaje visible desde mi ventana es una pared amarilla. No podía pedir mucho desde que vivo aquí, en el último piso de este pequeño edificio, una habitación sin lujos ni vistas agradables. Me acuesto en la cama y puedo ver el cielo, una fracción pequeña, esperaría que me diera la tranquilidad necesaria para olvidar lo malo del día, lo mal que me fue en la entrevista de trabajo, me sudaron las manos, sentía muy claro un palpitar en mi cuello, quería salir de allí, escapar de los ojos jueces, de las voces condenatorias, de sus preguntas que escarbaban en mi mente. Traté de calmarme, respiré hondo y conté hasta tres varias veces, no supe manejarlo y por eso terminé aquí, mirando ese pedazo de cielo a punto de atardecer, coloreándose cálidamente. Pero ni siquiera eso se me permite ahora. Un gato cubre mi limitado paisaje, ingresó con elegancia, eso que a mí me hace falta y, aunque esperé que se fuera pronto, las cosas se pusieron peores cuando aparecieron más.

Comenzaron a maullarse unos a otros, a maullar mirando la calle y también hacia mi habitación, a mí mismo. Ya no existía más el cielo, tan solo gatos maullando, colmándome los oídos. Intenté ignorarlos, pero me resultó imposible.

Mi cansancio era directamente proporcional a mi estado de ansiedad. En el mejor de los casos, seguramente, me quedaría en este cuchitril por varios meses más, trabajando en proyectos pequeños y de remuneración miserable. Decidí subir y enfrentarlos, espantarlos con un grito o lanzándoles algo, un pedazo de ladrillo, quizá, de este techo en ruinas. Pero por alguna desconocida razón lo primero que hice fue gritarles, les grité reprochándoles su reunión frente a mi cuarto, les pedí que se calmaran al menos y me dejaran dormir, pero no me hicieron caso, parecían estar muy concentrados en sus propios asuntos. Aquello era bastante parecido a una conversación, sus maullidos tenían tonalidades específicas de interrogación, sorpresa y entendimiento. Me sentí un completo idiota en ese momento, estaba asombrado. Era probable que el cansancio me estuviera provocando alucinaciones, disparates.

Volví a mí mismo y a mi necesidad de descanso, busqué una piedra, un pedazo de ladrillo, pero no pude lanzarlo. Los gatos me miraron fijamente entonces, como escrutando mi actitud o mi vida entera, maullaron brevemente y se fueron, excepto uno, que saltó de mi lado y me siguió hasta la habitación. No pude deshacerme de él, era escurridizo, pero al menos silencioso, así que pude olvidarlo fácilmente y dormir.

Al día siguiente le abrí la puerta, pero no quiso irse. Hoy saldría también a buscar trabajo, quizá podría dejarlo por ahí, de paso, pensé. Revisé rápidamente los clasificados de dos semanas atrás, el trabajo ideal, ese de la entrevista del día anterior, estaba marcado con entusiasmo. Arrugué el papel y lo tiré a la basura. Salí frustrado de casa en busca de un nuevo periódico y una lata de atún, mi plan para despedirme del gato. Se la dejé en un callejón y saltó a comer. Era libre.

Minutos después, me encontraba en una banca, revisando los anuncios. Nada parecía encajar conmigo. "Quizá mañana", pensé, y decidí volver a casa. En el camino, algo se metió entre mis piernas y comenzó a dar vueltas, era el gato. Su juego era impecable, no importaba cuánto se moviera o intentara yo deshacerme de él, ninguno de los dos tropezaba. Al contrario, me había desviado del camino a casa, el pequeño animal estaba alterando mi rumbo.

Se detuvo en la entrada de un edificio que yo recordaba muy bien. Sí, tan solo ayer estuve aquí para una entrevista, la peor de toda mi vida. Decidí que esto era el fin del camino y quise dejar al gato, pero, una vez más, fui conducido por su juego.

Pese a la presencia del felino, fui recibido cordialmente y sin ningún tipo de reclamo en la sala de espera. Entonces dijeron mi nombre y me levanté, el gato me empujó ligeramente con su cuerpo y me pareció percibir al verlo cierta complicidad.

En la oficina me esperaban las mismas cuatro personas del día anterior, con la diferencia de que esta vez sus sonrisas eran grandes y auténticas. Me llamó la atención su escritorio, ocupado por platos de galletas y vasos de leche. El que parecía ser el jefe jugaba con una diminuta bola de lana, pasándola de una mano a la otra. Me miró sin dejar de sonreír ni mucho menos abandonar la lana. Empiezas mañana, dijo. No sé si mi sonrisa fue igual de grande que la suya.

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Bien, esto ha sido todo. Gracias por leer. Saludos :)

sábado, 12 de septiembre de 2015

Cursivas: Diario impopular.

¡Hola! ¡Paul está de regreso! Vuelvo a empezar el proyecto de "Cursivas" en Errror de Imprenta. Una historia ligera, juvenil. Eso es todo lo que diré por ahora.


Cursivas - Diario Impopular

Queridas Cursivas:

Hoy inicia un nuevo comienzo. He decidido dejarlo todo y a todos. No es que los odie ni mucho menos, pero este viaje es solitario y  nadie puede acompañarme en él. El mundo se distorsiona y las letras, los colores, los sabores, las emociones y las canciones son distintas. Los rostros  se han deformado, creando seres grotescos que no puedo reconocer. Escucho sus voces, su tono intenta ser amable, condescendiente, mas no les hago caso. Ya no puedo hacerlo, no hay vuelta atrás. He recreado el lugar en el cual vivía, lo he convertido en algo con lo  cual ya no tendré ningún cariño. ¡Ya no más!


Por cierto, si es que alguien está leyendo estas líneas (aunque lo dudo, ya que no dejaré que nadie lea este cuaderno, pero cualquier cosa puede pasar), “Cursivas” no es un diario. Es un cuaderno de pensamientos libres y sueltos. Se puede hacer y escribir cualquier cosa, en cualquier momento. Así que en vez de estar  husmeando en los objetos ajenos, ¡consíguete tu propia “cursivas”!

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Durante varias semanas, Shaun había notado un cambio muy  particular entre sus compañeros de clase. Todo empezó cuando el profesor de Psicología, que también era su tutor, les invitó a que escribieran un diario.  El tema no surgió de la nada. Todo empezó cuando él hablaba acerca de la importancia de conocerse a sí mismo, de saber lo que uno siente y piensa, ya que la adolescencia es una etapa con cambios, con emociones cambiantes,  sensaciones nuevas y cambios físicos.

Los jóvenes estaban tan cansados de la típica charla que el aula se inundó de un sopor  evidente,  incluso el profesor empezó a bostezar.  El profesor detuvo su discurso para regañar a varios alumnos que empezaron a arrancar hojas de su cuaderno y convertirlas en bolas de papel. Cuando el maestro se disponía a reanudar su charla, una alumna levantó el brazo e hizo una pregunta que parecía fuera de lugar.

- ¿Qué es un diario? – preguntó con un poco de vergüenza.

Un par de alumnos empezaron a reírse, ya que sentían que la pregunta era demasiado ridícula y obvia. Sus risas se apagaron al percatarse que nadie más aparte de ellos lo estaba haciendo. Luego de unos segundos de silencio, el  maestro suspiró.  Tomó el plumón acrílico y escribió dos palabras: “Vida diaria”. Les explicó de manera breve que el diario era un cuaderno exclusivo para escribir los acontecimientos que ocurrían en su vida diaria, nada más. No importaba la cantidad de hojas escritas, la caligrafía y la ortografía, lo importante era escribir un poco de su día en ella. Inclusive se podía dejar algunos días sin escribir. Todo eso dependiendo del escritor. Al final, aprovechó para conectar el tema que había estado hablando al principio con el  de los diarios. La charla se convirtió en un debate que duró el resto de las horas que le correspondía al profesor. Incluso después de tocar  el timbre del recreo, la mayoría de alumnos aún discutían entre sí sobre los diarios.

Al día siguiente, varias alumnas empezaron a traer a la escuela cuadernos muy coloridos, con  imágenes de algún cantante pop actual. Ellas juntaban sus carpetas y compartían sus diarios en un acto de confianza. En algún momento, una de ellas soltaba una risita que era aplacada por la propietaria del cuaderno. Luego, otra de ella no pudo aguantar más y leyó algunas líneas del diario de una tercera. Esto hizo que el aula entera comenzara a tomar  un  interés más profundo hacia  los diarios, y no como la conversación interesante de un día.

No tardó mucho tiempo para que los diarios se pusieran de moda en el colegio. La moda fue tal, que los vendedores ambulantes que esperaban a sus jóvenes clientes a la salida, empezaran a vender cuadernos con tapas aún más llamativas, con una correa y un minúsculo candado que impedía la lectura no autorizada.  Ese nuevo modelo de diario captó la atención de la clientela femenina y los diarios tomaron tanta fuerza, que algunos chicos también se animaron por conseguir uno.

A diferencia de las chicas, los hombres no escribían su vida diaria, sino que a veces escribían chistes o algunas cosas que escuchaban por allí. Otros colocaban trucos de algunos juegos o hacían toda clase de actividades no tan relacionadas con el asunto del diario. Aun así, el tema del diario influyó tanto en el alumnado, que no tener uno significaba el aislamiento social.  Es por ello que los más pobres, buscaban algún cuaderno de un curso del año pasado, les quitaban las hojas usadas, les quitaban el forrado y colocaban con lo que podían las palabras “Diario”. Uno de ellos se entusiasmó tanto, que escribió 8 hojas, contando las cosas que había hecho una semana antes, para así decir que ya había tenido un diario desde antes que le hubiesen preguntado pero por falta de memoria, lo había olvidado.

Shaun había visto esta moda con molestia, incluso con indignación. Para él, escribir era un don único del cual sólo los mejores, los más hábiles y dotados en el arte de la literatura podían plasmar sus ideas. El resto de personas que osara manchar el nombre de las letras escribiendo cualquier otra cosa, merecía ser colocado en el cepo, en la horca, en la silla eléctrica o en algún otro método de ejecución.

Al principio, Shaun se había salvado de las preguntas inquisitivas por parte de sus compañeros de salón –ya que el fenómeno “Diario” se había originado en su clase, 3ro “C”- , pero ya no pudo pasar desapercibido cuando la moda se esparció por todo el colegio. Sus amigos le decían que tener un diario era lo mejor, que por qué no te consigues uno, Juanito usó el cuaderno de arte del año pasado y nadie le ha dicho nada, tu familia trabaja en una imprenta, de seguro que tu viejo te puede hacer un diario bien chévere, por qué no le dices que nos haga uno a nosotros, ya pe’, dile a tu viejo que nos cobre barato, oye, para mañana no te olvides.


El tema del diario se volvió cada vez más frecuente, tanto que el propio Shaun se enojó y les dejó bien en claro que no se prestaba para esa clase de modas y que detestaba todo lo relacionado con los diarios. Sus amigos guardaron silencio y no le volvieron a tocar el tema. Está actitud causó que Shaun fuese aislado del grupo por todo aquel año. Nadie en el salón le volvió a hablar, incluso cuando la moda de los diarios desapareció. Incluso cuando las memorias quedaron olvidadas en un rincón, escondido entre otros libros, debajo de la almohada, detrás de la mesa de noche,  en la casa de algún primo, usados como bloc. No le hablaron cuando tuvieron que realizar un trabajo de grupo y les faltaba una persona, ni cuando se realizó una colecta para entregarle un regalo al tutor por su cumpleaños, ni cuando fueron de paseo a las afueras de la ciudad, ni cuando nadie hizo la tarea, ni cuando acabaron las clases, ni cuando se reunieron en vacaciones para saber cómo les había ido y tampoco cuando empezó el nuevo año escolar y la mayoría de ellos volvían a ser compañeros de salón. Shaun quedó marcado como el antisocial del grupo, pese a que él nunca volvió a tener una actitud negativa.

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¡Malditos diarios!

Shaun cambió de personalidad .Se volvió más huraño, más distante, más frívolo, más insensible, más silencioso, más solitario. Pasaba todo el día leyendo cualquiera de los libros que encontraba en casa. Desde libros de cocina, libros de informática, libros de matemática, libros de historia, revistas, folletos, periódicos e incluso leyó la Biblia, el Corán, el Libro del Mormón,  hasta unos cuantos libros que le regalaron unos Testigos de Jehová.  Cuando no leía, ayudaba a sus padres en algún quehacer o recado. Y cuando terminaba de hacerlo, retomaba sus lecturas diarias. Los días pasaban y el nuevo año escolar le pareció igual de tedioso que el anterior.

Agradecía a los diarios por haberlo alejado del resto.  Al final de cuentas,  estar solo le producía una sensación más satisfactoria, un nuevo ritmo a su alma, una libertad recuperada, como el animal que es soltado de su cautiverio y llevado a su lugar de origen, la selva, el aroma de lo natural, fresco, puro, único.  Y pese a todo, algo faltaba. No podía entender por qué a veces miraba con un poco de melancolía aquella prisión a la que llamaba “sociedad”. ¿Acaso los extrañaba? ¿No eran sus conversaciones de lo más superficiales? Cosas como: Ayer me comí un pollo a la brasa con mi familia, estuvo muy rico, vi a Juanito conversando con Pedrita en el parque, estaban tan juntitos, que ya parecían novios, hoy juegan la final, ¡la final!, hay que ir a la playa mañana,  habla, ¿te apuntas?.  Nadie le hablaba ni de libros ni de historias. A veces le hablaban de alguna película que por coincidencia, era la adaptación de una novela que Shaun había leído. La conversación tomaba un nuevo color,  hasta que llegaba alguien más y le preguntaba si había visto en las noticias al perro que interpretaba una canción de Michael Jackson con sus aullidos.

Dicen que los genes influyen en el comportamiento de las personas, los hijos en algún momento mostrarán comportamiento, actitudes e incluso puntos de vista similares a sus progenitores. Y, como si se tratara de un fino hilo que los unía, Shaun terminó convirtiéndose en la copia exacta de su padre a la misma edad, 14 años. La primera que notó este cambio  fue su madre.

Su madre le contaba con mucha alegría que conoció a Enrique en una librería. Al principio ella creía que él estaba dando una ojeada a un libro, pero al acercarse más, se percató que revisaba las hojas, las estiraba un poco, pasaba la hoja y repetía el proceso. Al finalizar, lo cerraba, miraba el empastado y lo dejaba en su sitio. Se enamoró  a primera vista.  A partir de allí, ella adquirió  una atracción, una sensualidad nueva hacia los libros. Todos los días iba al mismo sitio, a observarlo, pero la timidez la cegaba, haciéndole coger el libro más cercano y empezar a leerlo. Al no conversar con él, ni siquiera saludarse, ella empezó  a reflejar  todas esas  emociones que empezó a sentir por Enrique en los libros, creando una fascinación mayor por la literatura. El género no importaba, siempre Enrique era el protagonista, el bueno, el que salvaba la situación. A veces, las historias no eran tan felices y el personaje con el cual Enrique era relacionado, sufría alguna tragedia, lo que la exaltaba. No faltó mucho tiempo para que  Mónica, la madre de Shaun, se convirtiera en la silenciosa compañera de las tardes después del colegio.

Shaun escuchaba eso sin emoción, ya que su padre ahora era distinto. Todas las mañanas se despierta  temprano y en silencio inicia con sus labores. Besa a su esposa aún dormida, se asea, toma las llaves de la mesa de noche y  se dirige al último piso a alimentar a Carmelo. Es un  gallo que compró desde muy pequeño y que cuida todos los días como su luchador estrella, a pesar que  jamás ha pisado una arena de pelea, usado navajas o picoteado a otro gallo. Mientras le va colocando el alimento en el dispensador, le canta una canción o le recita un poema, a lo cual el gallo le contesta batiendo sus alas o soltando su cantar matutino.  Al terminar con el ave, Enrique desciende hacia la segunda planta, donde se encuentran  algunos materiales que usan para la imprenta. Revisaba el lugar y verificaba que los roedores y las polillas no estuviesen husmeando, no se confiaba con las medidas preventivas que siempre tomaba.  Al ver que todo estaba listo, cierra el almacén con llave  y cerrojo, esta vez sube  al tercer piso, en el cual vive la familia, toma un libro cualquiera y  lo lee  hasta que su esposa llamara a la familia para tomar desayuno. Y todo esto lo hace sin soltar suspiros o molestarse, a veces incluso silbando.

Shaun siempre creyó que su padre era un adicto al trabajo, un esclavo del capitalismo que trata de ocultar su opresión con una sonrisa falsa, para así hacer más llevadera  su tortura.  Ahora, recordando la historia de madre y otras situaciones más que ella le había contado, lo miraba diferente: ¿Acaso era el rostro de una persona que trabajaba en lo que le gustaba? ¿Cómo logró encontrarlo? No quería preguntárselo a su padre, deseaba resolver esto solo.  Y mientras pensaba en ello, empezó a buscar coincidencias, pistas, razones, recuerdos y sazones que lo guiaran en la búsqueda de la verdad, de su verdad.  Continuó avanzando por la rutina de su padre: Luego de ir a desayunar, iría a cambiarse y buscar su ropa de trabajo. Descendería al primer piso, no sin antes llevar el libro que se encontraba leyendo en la mañana y se despedía con otro beso para su esposa y un golpecito  en el hombro para su hijo.  Ya en el primer piso, encendía todas las máquinas que se encargarían de la labor y  dirigía su vista hacia el reloj,  muy probable serían las 8 de la mañana,   lo que indicaba algunos minutos más  para que sus ayudantes  llegaran.  En vez de arruinar  tan temprano su  día, decidía empezar con las labores él solo e iniciaba con la impresión de los folletos y revistas que habían quedado por terminar  el día anterior.  Ya a las 8 más treinta, empezaba a llegar Pedro, un hombre bajo, algo panzón y con la mirada  hundida. A diferencia de su padre, Pedro no es muy entusiasta para el trabajo, pero le agrada tener a un jefe tan comprensivo y es por eso que puede llevar todo con calma. Al rato llegaban los hermanos Jimenez, brazos fuertes del grupo. Ellos se encargaban de la labor más pesada del trabajo, cosa que no les causaba ninguna dificultad. Levantaban paquetes enormes de papel con sus propias manos y llevaban los encargos a los clientes grandes. Una vez, Shaun tuvo que reemplazar a uno de los Jimenez porque había surgido una emergencia y al día siguiente terminó tan cansando, que se quedó en cama hasta el mediodía.  Más tarde, casi a las nueve, llegaba Andrea, recepcionista y  diseñadora gráfica suplente.  Una chica con muchísimo atractivo físico  que ella “desaprovechaba” al vestirse con ropa sobria y poco llamativa.

El diseñador oficial era un cargo que estaba bajo constante reemplazo. La mayoría de los jóvenes no ven con buenos ojos a la humilde imprenta del señor Enrique y emplean el lugar como un trampolín para adquirir experiencia y conseguir trabajos mejor remunerados.

Las labores en la imprenta se inician de manera oficial a las 9 a.m. A esa hora se abren las puertas y se inicia la atención al público. El área de recepción ocupa una cuarta parte de  todo el primer piso.  Sillas de plástico colocadas alrededor de las paredes y en el centro, una mesa con muchos de los trabajos elaborados por la empresa se encuentran perfectamente colocados, uno al lado de otro. Las paredes también tienen  afiches o gigantografías de muestra para guiar al cliente sobre lo que deseaba escoger. La sala de recepción termina con una pared hecha de drywall color azul, hecha especialmente para que el cliente pueda ver los trabajos de la empresa sin tener que entrar al área de los diseñadores.  También tenía una pequeña puerta al lado derecho, en caso Andrea tuviera que salir. Y al lado derecho hay otra puerta, que se encuentra  cerrada, pero se puede entender  que allí se encuentra  el equipo del trabajo.

Shaun reflexionaba que una de las ventajas su hogar era que se ubicaba en una esquina, así que el primer piso tiene tres entradas distintas: La de la recepción que da a la avenida, una segunda puerta, enrejada, en el cual podían observarse las máquinas y a las personas trabajando, y la tercera que llevaba directamente al resto de pisos. También se acordó de la escalera que hay en el primer piso y que conecta estos dos, y fue allí donde se dio cuenta que había divagado y había perdido el rumbo de lo que quería hacer. Tomando el desayuno con prisa y aprovechando que hoy era sábado,  ayudaría a su padre en el trabajo.

Buscó a su padre en el primer piso, saludó al resto de trabajadores que respondieron mientras continuaban con lo suyo y al no encontrarlo, salió con rumbo a la recepción. “Ha salido, pero te ha dejado un recado con Andrea”, le dijo uno de los hermanos Jimenez mientras cargaba un paquete de afiches y los colocaba en una mesa cercana. Al escuchar eso, el joven salió hacia la recepción y pudo notar que Andrea atendía a un cliente.

- Disculpe un momentito – se excusó la joven mujer- ¡Shaun! ¡Shaun! Tu padre me dijo que fueras a la librería de tu abuelo y le llevaras un paquete, pequeño nomás. Anda, porfa, yo no puedo ir. Disculpa.

Andrea pidió permiso a su cliente, entró su área de trabajo y le entregó un paquete forrado. Por la forma que tenían, de seguro que eran algunos cuadernos o diarios que el abuelo le pidió hacer a su padre. Daba igual, recibió el encargo y luego tomó dirección rumbo la casa de sus abuelos, la cual no quedaba muy lejos.

“A dónde habrá ido. De seguro que a ver a un cliente o algo así. Él no es de salir mucho”.  Shaun aún seguía sin encontrar la respuesta a su duda, no la hallaba en ninguna de las actitudes actuales de su padre. Todo dirigía hacia una dirección: el matrimonio. ¿Tendría que encontrar una chica como él, o al menos una que le interesen los cuentos o las historias para poder llenar el espacio faltante en su corazón? La idea sonaba bastante romántica y él romanticismo no era tanto su tipo de literatura predilecta.  La descartó, pensando que había algo que estaba obviando, algo que inclusive su madre no sabía. “Sí, de seguro que es algo relacionado con otra cosa”, concluyó al percatarse que ya se encontraba al frente de la librería.

La librería del abuelo lleva funcionando por más de 30 años, cosa que puede notarse al apenas llegar allí por la edificación, los muebles e incluso afiches muy antiguos. El lugar es pequeño y acogedor: los productos colocados estratégicamente al lado de las paredes,  una estantería al fondo y donde también se encontraba la mesa donde se atienden los pedidos y se realizan los pagos y justo en el centro,  la atracción principal, los libros usados. Estos libros poseían una característica especial, el empastado.  Al entrar, la gente cree que son libros nuevos, y se dan cuenta de su error al ver el letrero que dice claramente “Libros usados a precios cómodos, preguntar por el precio”.  Los clientes tenían la libertad de tomar un libro e incluso leerlo por un rato, bajo la mirada vigilante del propietario que suele permanecer en su sillón, inmutable. Y es la calidad del empastado y de la conservación de los textos,  lo cual lo convierte en lugar de concurrencia para lectores ávidos, exigentes y economizadores.

Shaun tomó un libro y recordó la historia de su madre y su padre. Por un segundo buscó a alguna chica que lo estuviese mirando, y al ver que no había nadie, soltó una carcajada, y empezó con la revisión.  Empezó a mirar las hojas,  las letras, deslizó sus hojas con rapidez, tocó el empastado con mucha familiaridad y dejó el libro en su sitio.

- Juan, tu padre tardó siete años en percatarse del amor que sentía tu madre hacia él – una voz ronca que provenía del fondo pudo oírse.

Shaun sabía quién era y porqué le había dicho aquello.

- Soy Shaun, Abuelo, Shaun.  Y buenos días. – respondió a su abuelo mientras se acercaba a él.

- ¡Qué más da! Tú eres Juan para mí, y se cierra el asunto. – el abuelo miró a su nieto que ya se había aproximado lo suficiente para saludarlo. Shaun le estrechó la mano, pero el abuelo le golpeó el hombro con toda la fuerza que su edad le permitía.

- Abuelo, yo… - el chico guardó silencio por un rato-… yo le traigo un encargo por parte de mi padre.

- ¿Ah? ¡Ah, el encargo!  - el abuelo  se tocó la sien con sus dedos - Claro, claro, el encargo. Sí, sí, dámelo hijo, por favor. Y no te vayas, quiero que veas qué es.

Shaun entregó el paquete a su abuelo. El anciano tomó el paquete, revisó las envolturas y luego lo abrió por uno de los pliegos y mostró su contenido: dos cuadernos con un empastado muy grueso, letras doradas brillantes. El abuelo tomó el cuaderno que se encontraba encima, revisó el empastado, pasó las hojas con suavidad, lo cerró y repitió el proceso con el segundo cuaderno.  Al finalizar, le entregó uno de ellos, el de color azul eléctrico y le indicó que lo revisara.

Shaun no entendía nada al respecto. Su abuelo ya había hecho un excelente trabajo al revisarlo y creía que volverlo a hacer sería una pérdida de tiempo. Alejó ese pensamiento, ya que el anciano tiene muy poca paciencia y si le estaba pidiendo algo, por algún motivo será. Repitió el mismo proceso de revisión con ambos cuadernos y se los entregó.

El hombre se puso de pie, dejó el cuaderno rosado a un lado y golpeó el empaste del libro azul.

- Ya no hacen los cuadernos como antes, ¿verdad Juan?

- Sí, es verdad. – Habló Shaun-. Es para abaratar costos, para que la gente pueda tener una mayor accesibilidad a los libros. Sin embargo, el empastado simple maltrata las hojas e incluso éstas se doblan, dejándolo como un mamarracho, todo feo y nada estético. Bueno, aún hay librerías y otros lugares que fabrican libros con empastados gruesos, más que nada para demostrar ser de una calidad mejor, pero cuestan bastante. En el caso de los cuadernos, el cuaderno de cosido tradicional, usado en los 80 ha sido reemplazado por engrampado. De todas formas, hay empresas que venden cuadernos cosidos, para así evitar que las hojas puedan ser arrancadas fácilmente. Su precio también es distinto. Uf, abuelo, hay bastante de hablar sobre el tema, pero…

Shaun volvió a guardar silencio al oír la estrepitosa risa de su abuelo.

- ¡Empezaste a hablar de libros! ¡Y yo te hablé de cuadernos! – dijo con sorna

Shaun se percató del error y sonrió avergonzado.

- No te preocupes, hijo. Tu padre era igual. Siempre hablando de libros y más libros. Yo le dije una vez que escribiera un libro con tanta cosa que hablaba, pero me dijo que necesitaba nivel, que tendría que ir a una universidad para estudiar literatura y así mejorar su estilo, viajar a Francia, pasearse por las calles y compartir con las penurias del artista parisino, luego escribir sus obras en soledad, en enfermedad, luego volver a su tierra hecho un hombre de letras, publicar su libro, ganar concursos y eso. ¡No sabes lo que me reí aquel día!  Y fue una de las pocas veces que lo vi enojado.

- ¡Yo también reaccionaría igual! -  Shaun se sintió irritado.

- Calma, hijo –volvió a hablar el abuelo- , que el cuento sigue.  Aquel día, tu padre no me dirigió la palabra. Ni siquiera fue a cenar. Así que abrí la puerta de su cuarto y le dije: ¡Escribes un libro o te agarro a golpes, que no voy a aguantar una falta de respeto hacia tu familia!

- ¿Y qué pasó después?

- Ah, eso pregúntale a tu padre. – respondió el abuelo, finalmente. Y llévate este cuaderno, es para ti. Ya verás para qué lo usas.

El abuelo entregó el cuaderno empastado en las manos extendidas de Shaun, que no salía del asombro. “¿Mi padre escribió un libro? ¿Sobre qué? Nunca le he oído hablar de literatura, ni de nada parecido”.  Sin embargo, la pregunta más grande que tenía en mente era la siguiente: “¿Por qué el cuaderno tenía en la portada, con letras doradas la palabra “Cursivas”?

- Ya te dije, pregúntale a tu padre. Fue suya la idea. – como si le hubiera leído la mente, el abuelo le volvió a hablar. – Y apresúrate, que tienes algo que hacer en casa.

Shaun, aún desconcertado por el regalo, continuó con su camino, mirando de rato en rato el cuaderno que tenía en manos.

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Tuve que preguntarle a mi padre sobre por qué me había mandado a hacer ese encargo. Él respondió que quería ayudarme a despejar un rato y que escribir cualquier cosa sería buen ejercicio. Le pregunté sobre el nombre del cuaderno, Cursivas. El soltó un suspiro y luego me golpeó el hombro, como suele hacer y me dijo que el significado de Cursivas debía buscarlo yo mismo.

Así que, queridas cursivas, a partir de ahora nos veremos más a menudo. Espero que me acompañes.

Dulces sueños, Cursivas