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domingo, 20 de noviembre de 2016

CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 4.2

Ya estamos de vuelta para cerrar el capítulo 4. Perdonen que tardara tanto en subirlo, me distraje un poco. Pero aquí está, y con esto, luego de algunos zorros, máscaras y demás, concluye este episodio del pasado de Julián Mallqui. A ver qué tal quedó...


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqi - Cap. 4.2.+.+.+.+.+.+.

La señal la recibió de un zorro negro. Se le apareció una tarde sobre una piedra, un espíritu que se deja ver, ¿wamani? «Algo malo va a pasar, buen Diógenes», lo leía en los ojos del zorro, algo sobre Julián. Empezó a tomar San Pedro para vigilar su sueño: una sombra crecía desde su vientre alrededor de él, amenazaba con cubrirlo por completo, con llevárselo, pero no existía síntoma de enfermedad. Julián era un muchacho saludable a simple vista. Los métodos de curación comunes tampoco cambiaban nada. ¿Qué era esa sombra? Nunca había visto algo similar. Una posesión, quizá, un gentil fuerte que lo consumía desde adentro.

A los dieciséis años, Julián probó por primera vez el San Pedro. En ese momento, la sombra cubría su torso hasta la clavícula. Diógenes no le quitaba la atención de encima, era una preocupación continua. Había accedido por fin a iniciarlo como chamán y tras un año entero de rigurosa dieta y el mal creciéndole alrededor del cuerpo, era el momento de comenzar con la parte difícil, enfrentarlo a sus propias sombras y, si acaso podía verlas, terminar con ellas.

La amargura le recorrió la laringe. Siendo las seis de la tarde, Julián acababa de tomar su primer vaso y se recostaba en su catre. «Hay que ser pacientes», le decía Diógenes; los efectos tardarían en aparecer por lo menos una hora. «¿Qué crees que vea?», preguntaba. «No lo sé, nadie sabe. Lo que hay dentro de tu corazón y lo que tus ojos estén preparados para ver cuando llegue el momento».
Lo primero que vio fue un triángulo de luz azul que se plegó en dos, cuatro, ocho… empezaron a llenar la habitación y a ser intermitentes, cambiando de color y luego de forma, de tres a seis, a doce, a veinticuatro, a un círculo que palpita y genera otros más, que genera flores y música, un sabor dulce en el paladar, un verde ligeramente salado, un intenso estremecimiento en la médula. Julián reía y Diógenes supo que era momento del segundo vaso. «Tienes que ver más allá», le decía. Él también había empezado a tomar el San Pedro; la sombra seguía allí.

Entonces vio la máscara de auqui sobre la pared, le sonreía como cuando era un niño, parecía complacerle verlo así. Julián reía y la máscara empezaba a reír también, a carcajadas, las figuras luminosas se erizaron, se hicieron muy finas y lo llenaron todo. Ahora le llegaban a los pies y a los brazos y a la nuca, como espinas. La música se hizo cada vez más lenta, grave y difusa. «¿Qué es eso?», gritó. «No hagas caso, Julián, concéntrate», le respondía su padrino. «¿Quieres saber?», no era la voz de Diógenes, sino la suya propia, «¿Pin kanki? Sutiyqa Julian Mallqui. ¿Qampari imataj?», «Sutiyqa… Julian…». Había alguien en la habitación con su rostro. Se le entumeció el cuerpo por completo, no podía hablar, miraba fijo a esa copia de sí mismo, ¿o era él la copia? Sus ojos eran exactamente iguales y tenía en la mejilla una pequeña cicatriz de cuando se tropezó hace cinco años. También eran cinco las horas que llevaba desde que tomó el primer vaso de San Pedro, ahora pensaba los números con mayor claridad. También veía con claridad cómo el otro Julián adquiría una expresión de lástima. Pobrecillo, tirado sobre un catre, sin poder moverse, él también empezó a sentir lástima, a desear que todo eso terminara para Julián. ¿Julián? ¿No era él Julián Mallqui? Se observaba desde el otro lado de la habitación, donde inicialmente había visto a su otro yo, pero no estaba allí, sino en una esquina, en un rincón del techo, sin rostro, sin manos, sin sonrisa. ¿Y quién era Julián, al fin y al cabo, sino una sombra? Una sombra que cubre un cuerpo.

Diógenes vio cómo el cuerpo de Julián temblaba y se extendía la sombra hacia su rostro. Quizá no era buena idea convertirlo en chamán, ¿moriría súbitamente si llegaba a fallar? Comenzó a orar.
«El chamán se cura y de ahí que puede curar», pensaba para calmarse. Él se había convertido en uno para salvar a su esposa, pero la muerte era inminente; «una vez que pisa una tierra, ya no hay nada que hacer», su maestro se lo había enseñado y temía que Julián corriera la misma suerte.

Mientras tanto, el tiempo estaba disuelto para Julián. Podía ver tan solo en esta habitación todas las personas que había sido y sería Diógenes, así como las que pudo ser alguna vez, su presente sin él, sin «Julián». Y también veía en sí mismo todos estos seres —uno con máscara de auqui— y escuchaba muchos nombres ser pronunciados como si se tratara de uno solo. «Veo una marca en mi frente», murmuró. «Veo», «yo», ¿«Julián», acaso? «…en mi frente», «la única que tengo, las muchas que veo», la frente de cuero de la máscara en la pared, la luz dorada en los ojos del espíritu, la sombra de un hombre milenario con la misma marca en la frente y también él mismo o uno de sus descendientes.

Sutiyqa Julian Mallqui

Despertó antes del amanecer, olía a vómito. Sentía acidez en la boca y dolor en el vientre. Se llevó las manos a la frente, y corrió al pequeño espejo que tenía Diógenes sobre la cómoda, pero no vio nada extraño. Su padrino dormía, exhausto.

Ese día, más tarde, Diógenes le contó sobre la sombra y el zorro negro. «Solo nos falta una cosa», dijo con seriedad. Sacó un cuchillo y le hizo un pequeño corte en el dedo índice. Mezcló su sangre con carbón y vinagre. «Esto es un sello mágico», recitaba trazando una extraña figura sobre un pañuelo, «un pacto con los ancestros. Así protegerás y te protegerán de los males».

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sábado, 29 de octubre de 2016

CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 4.1

Llega el cuarto capítulo de CAÍN: La máscara de auqui, y en esta ocasión con un poco del pasado de Julián Mallqui y su transformación en chamán. Como no encontré una imagen que me gustara esta vez, hice un dibujito de la máscara. Este capítulo será dividido en dos partes, aquí va la primera :)


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 4.1.+.+.+.+.+.+.

A la casa de Diógenes las mañanas llegaban atravesando una rendija sobre la puerta. Un haz de luz descendía por la pared de adobe hasta dar con su rostro y despertarlo. Desde la aparición de este haz, Julián contaba en voz baja, como le había enseñado su madre, y se limitaba a observar, no solo para no molestar, sino porque, en su camino, la luz parecía despertar a alguien más, un ser a quien quizá por miedo o por respeto había decidido no hablarle. Tras contar diez minutos, la luz alcanzaba el borde de una máscara de cuero. Diógenes, su padrino, le había contado sobre los auquis, espíritus del ande que bajaban a visitar los pueblos con aspecto de viejos hombres de cabellos largos. «Son los que vigilan, los que cuidan», le dijo aquella vez, entonces no podía evitar que su imaginación le diera vida a esa máscara. Cada mañana, el auqui lo observaba como si fuera capaz de leerle la mente. La luz se empozaba en sus ojos vacíos y adquiría una visión dorada, pasaba por su boca y le sonreía con mofa, y si algo no le gustaba arqueaba los labios a la inversa, siempre intimidándolo.

Para Julián esta escena se repetiría hasta los nueve años, edad en que la máscara, ya por madurez, ya fuerza de costumbre, se convirtió para él en un signo de calidez. Sabía que estaba en casa porque amanecía y la veía en la pared, sonriente. Desde que llegó a la casa de Diógenes, a los siete años, Julián había ocupado el mismo rincón del cuarto para dormir. Era incómodo, pero no podía pedirle más al pobre de su padrino, se tomaba ya bastantes molestias al recibirlo en su casa y tratarlo como si fuera su propio hijo. Poco le importaban los reclamos malintencionados de su tía: que no tenía ni para él mismo y cómo así iba a mantener a un niño, que seguro lo haría trabajar para pagar sus vicios. Pero Diógenes no era nada de eso, era un hombre pausado y noble, un chamán que disfrutaba conversar con la gente que lo quería. Así, podía ser también un hombre descuidado, que llegaba tarde a casa rebosante de felicidad y de alcohol, pero nunca un mal hombre.

Su interés por el chamanismo llegó tiempo después. Aunque vivían en la misma casa, Diógenes siempre lo mantuvo al margen. Ser chamán no es cosa de niños, le decía y lo mandaba a leer o a jugar. Era inevitable que esta restricción generara en Julián una curiosidad difícil de aplacar. Diógenes era consciente de que el niño rebuscaba entre sus cosas. Sabía que aprovechaba las horas que no estaba para mirar en su alforja, en las cajas debajo de su cama y los cajones de la vieja cómoda. Sabía que incluso había retirado al auqui de su sitio para verificar que no ocultara nada. Él observaba los pequeños cambios en la casa y aparentaba no saber nada. «Doctor tienes que ser», le decía a veces, y lo mandaba a estudiar; le contaba maravillas sobre ese futuro, sobre su vida en Lima, lejos de la pobreza, y su regreso a Cajamarca por su padrino, para darle alguito —bromeaba— y curarle si tenía algún dolor.

A los catorce años, Julián había decidido que no sería un doctor ni un ingeniero, le gustaba la chacra y admiraba tanto a Diógenes que se tuvo que pelear con él para que aceptara por fin enseñarle algo. Ese día, aprendió a leer la coca, pero su iniciación como chamán se haría esperar. Diógenes conocía la rudeza de ese camino, lo muy saturado que estaba de sombras que perturban la mente y la arrastran tan cerca de la locura que resulta imposible discernir dónde comienza y dónde termina uno mismo, lo fácil que es para un novato perderse a sí mismo en ese vacío de sentido, los peligros de oscurecer el espíritu y dejar morir el cuerpo para convertirse en enfermedad, en daño. Lo había visto él mismo años atrás y quería demasiado a Julián como para permitirle sufrir tanto por tanto tiempo.

Así, le permitió ser testigo primero, ayudante suyo. Ya no lo mandaría fuera de la casa cuando llegara un paciente, ya no lo dejaría con la señora Concepción si necesitaba atender a alguien por la noche. Empezaba a darse cuenta de lo corto que parecía el largo tiempo que llevaba cuidando a Julián, quien se convertiría pronto en un hombre de mirada decidida y afable, como su padre.

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Bien, va avanzando la historia de Julián. La siguiente parte la publicaré en unos días.

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Caín: La máscara de auqui - Cap. 3

Ha pasado ya poco más de una semana del 6to aniversario del blog y esta es mi primera publicación después de haber cambiado la plantilla y hecho el videito que ya es tradición por aquí. Y regreso con un nuevo capítulo de Caín, ya el tercero, que además llega con un pequeño anuncio de mi parte para los que hayan leído algo de esta historia: si antes hacía una supuesta línea troncal de Caín, eso ha cambiado. Desde ahora esto se llamará La máscara de auqui, para que quede un poco claro que será un solo arco y que al igual que El segundo fruto prohibido, se acumulará al universo de Caín entre muchas historias. Hago esto para no caer yo mismo en confusión al escribir pensando en cosas que quizá no puedan entrar en la historia de Mallqui (y de paso para avanzar más rápido). Así que ahí vamos...


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 3 .+.+.+.+.+.+.

La última hoja cayó sobre el telar y Julián Mallqui no levantaba el rostro, parecía convertido en piedra, en una eterna huaca capaz de enlazar las vidas de los hombres a través de los tiempos, y por tanto capaz de verlo todo, desde las primeras rondas campesinas hasta las banderas rojas, el rostro del otro presidente y las rajaduras en los granos de cancha serrana puestos a la mesa por su nieto, veinte años más tarde, ante la presencia de un ser tan extraño como el auqui que lo observa ahora y que gira lentamente la cabeza hasta encontrarse con el pequeño Damián.

¡Atoj! La máscara le cubría por completo el rostro, a excepción de los ojos. Alcanzaba a verlos entre las sombras, azules, increíblemente redondos y de pupilas alargadas. ¡Atoj! Juraría que lo escuchaba reír, golpear con su hocico puntiagudo la máscara de cuero como un auténtico zorro blanco parlante. ¿Qué es lo que ve Mallqui en las hojas? ¿Qué clase de futuro lo espera? Quizá el que haya entrado a su casa una tarde años después de su partida. Quizá su encuentro con el zorro. Quizá, incluso, a sí mismo intentando escrutar el destino sin la misma certeza. Cuánta falta le hace el auqui, no volverá aunque lo invoque, aunque rece mucho o lo dibuje con torpeza, no hará ninguna diferencia su imagen en el altarcito de su cuarto. Todos preguntarán quién es, qué santito, qué espíritu del ande y él responderá que lo protege desde hace mucho. Y su familia, la poca que le queda, pensará pobrecillo, es la edad, son epifanías, ya está viendo el otro lado, se nos va papá Julián, es la nostalgia que lo sobrecoge, quiere volver a su tierra. No lo entenderá nadie excepto su nieto, Josecito ven, le dirá, ¿lo has visto cerca? Y Josecito le contará que lo vio hace dos días, que le da miedo que se lo lleve. Pero no viene por el niño, sino por él, viene a contemplar su muerte, a tomar su alma, ¿verdad? No viene por el niño... como tampoco vino por él cuando su maestro moría en Cajamarca, sino años después. ¿Vio su maestro al auqui antes de morir? Solo le quedaba un dibujo en una hoja antigua, un dibujo complicado, hecho con tinta que contiene sangre de chamán. Carbón, vinagre y una gota de sangre, un sello mágico que cura, que protege del mal, y que conecta con su propia vida, un sello que consume al chamán en nombre del bien. Muchas almas inocentes dependen de este pequeño pacto, dice el auqui —¡atoj!—, se lo dice a Julián Mallqui, al pequeño José y también a Damián. Mallqui arderá al final, morirá vaciado de toda vida y con una fiebre insoportable —¡cuarenta y cinco grados!, ¡cuarenta y siete!—, sacudiéndose y bramando palabras inexistentes. Se enfriará de inmediato y toda huella de sanación conectada con su sangre perecerá con él. Hay que firmar con sangre, heredar la responsabilidad. Es la única forma de salvarlo.

Mallqui no está. Frente al niño, las hojas de coca permanecen intactas, respira agitado y el calor de la respiración le rebota en la cara, lleva puestos la máscara y el sombrero, se encuentra del otro lado de la laguna. Detrás, las ropas del auqui, de ellas salen dos pequeños zorros, uno blanco y uno negro, corren con prisa y los pierde de vista. Está a punto de oscurecer.

-

En sus ojos me veía como un zorro, como dos zorros, como un zorro blanco y su sombra. Ojos azules, patas pequeñas, delgadas. Un zorro que sonríe, que mira fijo a los ojos, pero no tiene intención de convencerlo.

Nunca me interesó más que observarlo, convertirlo en el portador de una historia. Me daba igual si aceptaba. No lo asusté para alejarlo, sino para que ganara cordura, para deleitarme unos días antes de la aburrida y ridícula muerte de Julián Mallqui. Si este era el final, estaba bien. Dos niños estaban siendo llamados, les había inoculado la idea de la muerte fatal, del sacrificio. Ninguno perdió la cabeza y dijo que sí. Tal es el peso de la conciencia incluso en un niño.

Ambos pensaron, ambos tenían alguien cercano a punto de morir, pero solo uno estaba seguro de esa muerte. Solo uno la veía venir.

El pequeño José corrió hacia mí cuando Mallqui empeoraba. Él me veía como un auqui, el mismo que había dibujado su abuelo en el altar de su cuarto, el mismo al que le rezaba. Cerramos el pacto muy de madrugada, con un imperdible y un cuaderno viejo. Julián Mallqui jadeaba en su habitación, sofocado por la fiebre. Dio signos de mejora al poco tiempo, pero murió esa misma noche. Su nieto escondió el sello para siempre.

Un día después escuché los gritos del niño en el pueblo. El viejo Juan había muerto en la madrugada, ahogado con su propia saliva.

Los zorros no volvieron más a ese pueblo que como una memoria, como una más de las historias que se cuentan entre los hombres.

Después de todo, morir no es algo que se pueda arreglar.

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Bien, eso fue todo el capítulo, en el siguiente veremos un poco del pasado de Mallqui, estén atentos ;)

»Cap. 2.2  »Cap. 4.1

domingo, 24 de julio de 2016

CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 2.2

Bien, bien, esta vez no me hice esperar (?) mucho, aquí va lo que faltaba del segundo capítulo. No tengo mucho que decir hoy, así que solo los dejo leer.


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqui - Capítulo 2.2.+.+.+.+.+.+.

Don Juan era como un abuelo desde que éste murió. Le gustaba sentarse a la puerta de su casa y saludar enérgicamente a todo el que pasara cerca. A veces, Damián se sentaba a su lado y el anciano le contaba historias sobre el pueblo y también sobre los hombres de antiguo que habitaron el mundo, historias que le habían contado a él cuando era un niño. Ese día, el viento les trajo un papel, don Juan lo recogió y le enseñó a armar un barco. ¿Flota, don Juan?, sí, le dijo. Salió corriendo entusiasmado a la acequia, lo puso en el agua y flotó. En el reflejo, notó que del otro lado, y lamiéndose una pata, era observado por el zorro blanco. Una risa burlona se acercó a su oído, pero no había nadie allí además de él y el zorro.

Un escalofrío le recorrió la espalda y cuando pensaba en moverse escuchó un conteo. Huk, dijo. Estaba completamente tieso. Iskai, perdió fuerza en las piernas, las sintió heladas, adormecidas como si fueran de arena. Kimsa, se disolvió su voz, tembló su mandíbula. Sintió que caía y un impulso lo hizo poner las manos al frente para no lastimarse, cerró los ojos y encogió lo que aún respondía de su cuerpo. Tawa, quedó suspendido en el aire, sobre el agua. Una fuerza lo obligó a abrir los ojos y alzar la cabeza. Allí, delante, el zorro blanco no le apartaba la vista. «No huyas», dijo, «quiero mostrarte algo». Volvió a tener el control de su cuerpo y fue devuelto al suelo. Desde allí, vio las sandalias de un hombre pasar muy cerca. El zorro rió y lo señaló con el hocico, como diciendo que lo siguiera. Iba en dirección a la casa del chamán.

No parecía ser del pueblo, pero aquel hombre caminaba sobre su propia tierra, daba pasos seguros aunque su figura parecía más bien desanimada. Se detuvo en la puerta y giró la cabeza hacia el niño. No puede verte, aseguró el zorro blanco. Entonces advirtió que no tenía sombra. Asustado, el niño buscó la suya bajo sus pies, el zorro rió.

El hombre ingresó a la casa y ellos lo siguieron. Ya no era el lugar en el que jugaba, su aspecto era más ordenado y había una velita encendida en el altar. El hombre se sentó a la mesa y una mujer salió de las habitaciones del fondo.

– Llegastes, Julián, ¿por qué tanto te has demorado?

El hombre en la mesa era Julián Mallqui, taciturno, seguía a su mujer con los ojos bien abiertos, como si se tratara de una aparición. Ella le servía una taza de leche mientras le decía cosas sobre el pueblo y lo mal que les estaba haciendo el maestro albañil Edilberto Cáceres con sus desafortunados comentarios. Nadie le hace caso a él, pensaba, saben que les guarda un rencor injustificado. No había sido su culpa que muriera su hijo. Julián hizo lo que pudo para salvarlo.

– Ay, mi Julián...

Los ojos de Mallqui eran insufribles y, aunque nada de lo que su mujer le decía tenía algo que ver con su ánimo, no se atrevía a responderle o rectificar. Las palabras se le habían quedado en el camino, en la puna, tal vez, en las flores de cantuta o en la laguna que formaron las últimas lluvias. Solo cuando ambas miradas se encontraron nuevamente la mujer comprendió la necesidad de esas palabras.
Nos tenemos que ir, dijo por fin. ¿A dónde nos vamos a ir, pues?, acá estamos bien, siempre estuvimos bien aquí, cerca de la acequia, cultivando tomates y hierbas en la chacrita, Julián, ¿a dónde?

Cuando la mujer volvió a la habitación de la que había salido, tocaron la puerta. Mallqui se levantó abruptamente, tirando al piso la taza de leche. El zorro se acercó al charco y Damián observó intrigado cómo dos pequeñas sombras se reflejaban en su superficie. Entonces el chamán abrió la puerta y una densa neblina ingresó a la casa, tan densa que parecía disolverlo todo, excepto las sombras en el charco, que se hacían más nítidas. Cuando la neblina pasó, no había rastro de la casa ni del pueblo, estaba frente a una pequeña laguna, solo, pues había perdido de vista al zorro hablador.
Las sombras en la laguna eran el reflejo de dos hombres. Uno de ellos era Mallqui, pero desconocía al otro. Llevaba ropas extrañas, como hechas con retazos de muchas ropas distintas. Se le ocurrió que podrían ser las de toda la gente del pueblo. Creía ver en esa multitud la camisa azul de su padre, los guantes de don Edilberto, la chompa de doña Teresa, el polo nuevo que trajo Antonio de Lima la última vez que se fue, el poncho de don Juan... Y en el rostro una máscara de auqui con una gran barba blanca. Mallqui extendió una tela, se sentaron frente a frente y comenzó a echar las hojas de coca. Las dejaba caer una tras otra con mucha ceremoniosidad, afligido, observando su ligera trayectoria en el aire, como si hacerlo pudiera cambiar el destino.

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Bueno, eso fue todo. Espero terminar lo que sigue en unos días. Saludos.

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sábado, 16 de julio de 2016

CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 2.1

Parece que pasó una vida... no, miento, no es tanto, unos meses tan solo y volví. Estoy escribiendo esto muy lento, porque hay muchas cosas que aún me cuesta definir, pero ahí vamos. Este capítulo 2 es un poquito (solo un poquito) más largo que los anteriores, así que viene en dos partes. Ahí va la primera...


.+.+.+.+.+.+.CAÍN: La máscara de auqui - Capítulo 2.1.+.+.+.+.+.+.

Recordaba bastante bien la casa cerca de la acequia. Les habían dicho que se trataba de la casa de un brujo y que no debían entrar. Cuando pasaba cerca con su amigo Antonio, éste comenzaba a hablarle sobre fantasmas que «chupan el espíritu». Pero a Damián siempre le llamó la atención, quería saber lo que se escondía detrás de esas historias, lo que en verdad sucedía allí por las noches. Quizá por eso le gustaba verla desde la ventana cuando empezaba a oscurecer. Apartada de todas las lucecitas encendidas en el pueblo, la casa del chamán desaparecía de a pocos, se perdía en el gris y parecía hundirse en un paisaje cada vez más negro, como si se tratara de un sueño o una ilusión colectiva.

Eventualmente terminó acercándose. Removió con esfuerzo las tablas de madera vieja que trancaban la puerta y entró. Como niño, esperaba un acontecimiento fantástico al cruzar el umbral, pero no sucedió nada. La capa de tierra sobre la mesa era más gruesa que una hoja de papel, quizá más que dos, sobre ella dibujó su nombre con el dedo mientras detenía la mirada en una pequeña repisa cubierta de cera blanca y de velitas casi completamente consumidas pegadas a su superficie. Habría sido el altar de algún santito cuya imagen también abandonó el pueblo. Decían que este chamán se fue de aquí hace muchos años y no se le volvió a ver jamás. Pensó que su alma retornaría, cuando hubiera muerto, a recoger sus pasos, y en que quizá los chamanes no tenían alma o la perdían en algún momento por la mano de algún diablillo.

Una de las historias sobre Mallqui contaba que su hijo no quería continuar con las artes del padre, porque sabía de su trato con los gentiles y había sentido venir la mala suerte. En el piso de la casa quedó un soldado de plomo, oculto tras una de las patas de la mesa. ¿Habrá sido de su hijo, de su nieto? Tenía un nieto, claro, que volvería al pueblo a encontrarse con los espíritus y devolverle la paz a la gente que sufrió tanto. En casa, Damián tenía algunos soldados como ese, pero de plástico, por lo que pensó que su nuevo juguete podría ser el capitán. Así que lo sacudió con los dedos y procedió a guardarlo en un bolsillo. Acababa de decidir que limpiaría la casa, o al menos la pequeña salita.

Terminar le tomó un par de días. Al final tenía sobre la mesa, aparte del soldadito de plomo, un cuaderno, una vela sin usar, un par de clavos doblados y un marco vacío. Colocó todo en el altarcito, menos el soldado, que regresó a su bolsillo, y el cuaderno, que quiso revisar por curiosidad. Contenía cuentas y nombres de personas del pueblo, con fechas y descripción de sus curaciones, aparecía incluso su padre con anotaciones sobre una fiebre muy alta. Damián se preguntaba si de verdad el chamán fue malvado. Quería creer que todas las historias eran un malentendido.

El día que vio al zorro blanco por primera vez, Antonio viajaba a Lima por las vacaciones de medio año. Damián, por su parte, estaba en la casa de Mallqui, su amigo lo llamó por la ventana y le dijo que le traería un recuerdo para inmediatamente después volver corriendo al pueblo casi casi en sincronía con la caída del sol. Entonces vio su figura en el otro cerro, la luz encendía su pelaje blanco y su mirada parecía dirigirse únicamente a él. Sintió como si estuviera en lo más alto de la puna y se encogió de hombros, temblando, sin dejar de verlo. Escuchó una risa burlona cerca de su oído y por un segundo me creyó incapaz de hablar. No había nada ahí atrás, y tampoco luego donde se encontraba el zorro blanco.

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Bueno, hasta aquí va la primera parte. Publicaré la segunda en una semana aproximadamente. Saludos :)

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sábado, 30 de abril de 2016

Voluntad

Aquí vamos de nuevo, un post casi al final del mes, sí, es como si nos estuviéramos volviendo un poco flojos y fuéramos a abandonar el blog... pero no (definitivamente NO). Es decir, sí, quizá nos hemos vuelto un poco flojos, pero no está en nuestros planes abandonar EdI. El problema es que nos hemos estado enfocando en cosas equivocadas y quizá perdimos de vista lo demás (al menos eso aplica a mí). Así que, para salvar esa falta probaré suerte esta vez buscando cosas (textos viejos) que nunca completé y que podría ser divertido terminar ahora. Este es uno de esos casos. A ver qué tal quedó...
.+.+.+.+.+.+. Voluntad.+.+.+.+.+.+.

Lo sintió clarísimo. El llamado era en esta ocasión imposible de ignorar. Daba igual si se negaba a mover un dedo, a dar un solo paso, la fuerza que lo invadía era incontenible, se le había clavado entre los sesos, movía sus ojos hacia la desesperación y desconectaba sus manos de su voluntad; le provocaba sudar a mares y jadeaba por el miedo de ser una vez más poseído, preso de una necesidad urgente hacia el mal, hacia la muerte del prójimo y sin embargo un completo desconocido. "Señor, haz de mí un instrumento de…", musitó. La idea de una gran voluntad divina aún funcionaba para calmarlo, para darle la seguridad necesaria y realizar el plan satisfactoriamente, como un heraldo de la muerte o de esta gran fuerza desconocida que le impedía pensar con claridad.

Empezó a perder estabilidad y apoyó su cuerpo contra una pared, la lucha por el control es dura, pero se encuentra ya predispuesto a su destino. Sabe que una vez que los engranajes de la fuerza han comenzado a girar será imposible detenerlos y que tarde o temprano sentirá la dolorosa señal en el pecho, el limpio tirón de soga que ejecuta su verdugo como si su corazón fuera un campanario, la señal inevitable de que se encuentra frente a su víctima, el elemento defectuoso que necesita ser eliminado por el equilibrio del universo. "Quizá será la última vez", algo le decía que su vida de fugitivo, su sacrificio y los altos niveles de adrenalina que experimentaba en cada ocasión terminarían hoy. Tal vez se trataba de otra señal de la fuerza.

En medio de la calle, sabía que el elegido podría ser cualquiera, sin importar su condición. Daría igual si fuera un hombre de saco y corbata, una mujer embarazada o un niño perdido; daría igual si fuera el amigable anciano de sombrero verde que le regaló la mitad de su miserable almuerzo hace varias horas. Ha sucedido antes, sí. Piensa en la primera vez que sintió el llamado, la desesperación, los gritos que dio, su familia volviéndose loca, llorando al ser descubierto con las manos en el cuello de su padre. Pensaron que estaba loco y se lo llevaron al psiquiatra, pero no dieron con nada, ocultaron el crimen por vergüenza y por la misma vergüenza se vio obligado a escapar de sus ojos. La voluntad lo llamaba otra vez y no podía continuar escondido o vendrían por su él. Nadie lo entendía realmente, pero se trataba de una lucha por sobrevivir. Él era el elegido del destino para corregir los desperfectos del mundo y si no cumplía con su misión, su corazón explotaría. El dolor en el pecho y la invasiva necesidad de matar que lo invadía eran la prueba. No importaba quién fuera la víctima, la fuerza se encargaría de llevarlo a cabo, con su ayuda o a expensas de ella.

Entonces sintió el dolor. Un maldito punzón le apretaba el pecho y podía sentir las campanadas como una cuenta regresiva hacia el final, pero su víctima no estaba ahí, no era capaz de verla. Si hubiera sido de su completa elección, escogería sin dudar a los maleantes que vinieron a darle encuentro haciendo alboroto. Lo golpearon todos entre risas sin que emitiera queja alguna. Entonces recuerda la oración de San Francisco; le gustaría ser como él, o como Abraham, y entregarse por completo. También le gustaría que, como en la historia de Abraham, la voluntad divina que lo posee le contuviera el brazo a tan solo un instante del golpe de gracia. Lamentablemente eso solo es una historia, piensa. Aun así, tampoco la voluntad ha determinado que ataque a estos maleantes, pero a ellos no les gustan los muñecos de trapo ni las bolsas de arena y marcan su retirada con un escupitajo.

Solo, con la cabeza al suelo, sintió el transcurrir de las horas observando el paso de la gente. Le pareció un espectáculo sombrío de sujetos sin identidad, pero armónicos, sumisos ante la voluntad de una fuerza más grande que todos ellos juntos, y él completaba la escena como la mano que decide el destino. Sus ojos estaban al punto para identificar a su víctima, la vería como si fuera lo único que existiera en el universo, así de claro era su objetivo, así de fuerte era la voluntad que le permitió diferenciar la figura descuidada de su enemigo un segundo antes de sentir el dolor en el pecho.

Lo vio tambaleándose entre la multitud, era un tipo sucio, un malnacido al que no le importaba insultar a quien se metiera en su camino. Sintió que la fuerza era justa y que ese hombre merecía morir. Lo veía acercarse y lo aborrecía, crecía en su interior un odio infinito hacia ese ser humano, hacia ese defecto universal y en su mente solo podía mantener la idea de aniquilarlo. Se veía sujetándole el cuello y quebrándoselo como a un ave, percibiendo el descenso de su presión sanguínea y soportando su asqueroso olor a alcohol, que comenzaría también a impregnársele, pero le importaría poco ese olor ante el triunfo y el cese del dolor en el pecho. Este hombre que merecía morir por fin ha muerto, este hombre es con seguridad el que estaba llamado a matar desde el principio, y no esos jóvenes perdidos ni esa mujer embarazada, sí, él no sabía que estaba embarazada hasta que apareció en los diarios, pero la había matado y también al bebé. Podría contar todas sus víctimas como un camino duro de recorrer para llegar a este objetivo final, un hombre que con seguridad corrompía jóvenes a tiempo completo y se aprovechaba de la gente en las calles, un matón, un ladrón, un borracho, un defecto al fin. Estaba convencido de que debía terminar con él, tenía los puños listos y la mente clara cuando se lanzó a atacarlo y forcejearon. Cada golpe que le daba en el rostro diluía el dolor en su pecho, pero no era un rival sencillo de vencer, también recibió golpes y escupitajos e insultos. Sus manos atraparon el cuello de su víctima y lo arrinconaron, sintió su aliento de borracho y el poder de terminar con su vida en un instante, apretó con más fuerza y escuchó como si algo se quebrara, pero fue él quien empezó a respirar con dificultad. En su mente estaba claro que su misión última había terminado y que por fin sería libre. Entonces vio elevarse frente a él una botella rota manchada en sangre y volver a su cuello para darle el golpe final, esperó la irrupción de la mano de un ángel, pero nada la detuvo. Esta vez era la última, sí, y la voluntad se había hecho cargo.
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Bien, eso ha sido todo. Gracias por leer :)

miércoles, 27 de enero de 2016

Vocación

Yet... digo, y otro "descanso" de Caín... La verdad es que me copié de Zack Z. porque no sabía que poner. Admiren mi sinceridad. Este es un pequeño relato... que tal vez forme parte de un universo propio, distinto del de Caín. Puede que solo sea un relato aleatorio que escribí solo por escribir y que no tiene lugar en ninguna parte, si no en una especie de planeta fantasma, donde la misma escena se repite ad infinitum.  Realmente no lo sé. ¿Cómo lo podría saber? No recuerdo como llegué aquí. Creo que fui secuestrado,  en fin. Diviértanse:




Vocación

Sentí su mirada escrudiñando cada milímetro. Era pesada y desoladora. Pude recrear los hechos que la habían hecho así. Era la mirada de un hombre que lo había perdido todo. Esa mirada que solo alguien que reconoce la perdición puede tener e incluso así había humanidad en ella. 

Conocí su nombre hacía treinta años. Treinta jodidos largos años. Conocía bien al hombre. Sabía que le gustaba el coñac y que cuando no bebía ron, bebía café negro. Le gustaba el sabor fuerte, sentirse despierto. Eran secuelas de la cocaína, me dijo alguna vez. Todavía se sentía inclinado a esa sensación.
“La primera vez que consumí cocaína, maté a un hombre.” Fueron las primeras palabras que oí de él. Estábamos en un grupo de rehabilitación. Era un sicario entrenado por el gobierno. Todos en este salón cometimos asesinatos de algún modo u otro. Determinados individuos creen que presionar un botón que hace detonar una bomba no te convierte en un asesino. Dicen, horrorizados, que solo los que cortan la carne o aprietan el gatillo fríamente son asesinos. Patrañas. Son las excusas que uno se crea. Él no tenía ninguna. Él reconocía que la cocaína solo le dio el impulso que necesitaba, yo comprendía con precisión a qué se refería. 

“El pobre hombre al que asesiné se iba a reunir con sus hijos y esposa al día siguiente. Era un hombre de familia y a la vez un cerdo idealista peligroso para el gobierno. Cuando miró mis pupilas, dilatadas, en esa noche oscura reconocí un miedo descomunal en sus ojos. Comprendió al instante que era una presa y como presa que era no hizo más que correr, tropezándose con los muebles de su casa. Lo agarré por el pescuezo, cual animal, apuñalé su espalda a la altura de los riñones cinco veces. Seguía vivo y gritando con una voz desgarradora. En ese momento me cansé de sus gritos. Pensé que era un cobarde por no plantar pelea, por huir, por llorar como un desgraciado mientras clamaba piedad y gritaba el nombre de sus hijos y su esposa, entonces corté su garganta. Murió al poco tiempo, me fui pirando. Esa fue la primera vez que consumí cocaína y la primera vez que maté a alguien.”

Todos lo miraron con genuino miedo. La gente de la rehabilitación se autocomplacía  con relatos llorosos y trágicos de cómo habían luchado contra las ganas de matar a alguien, de cómo habían intentado mantener la dignidad del asesinado incluso cuando se emborracharon o se drogaron para matarlos. Era pura mierda. Todos sabían lo que había pasado. Lo que contaban no era más que una versión lacrimógena para sentirse mejor con ellos mismos.

Sentí su mirada y supe en ese instante que me había descubierto. ¿Qué se dice cuando la presa descubre a su cazador y ambos se vuelven tanto cazadores como presa? No sé qué se dice. 

Esa era la situación actual. Él era un hombre riguroso, sucio y corrupto. Había embargado sus sentimientos para no sentir como el remordimiento se comía a su alma. Era un hombre que había llorado genuinas lágrimas luego de matar a ese político barato. Un hombre que había llorado solo, pues no tenía amigos. Ocho años desde que mató a la primera víctima hasta que estuvo en el grupo de ayuda. Ocho años en los que se hundió en el más profundo calabozo, y ése era solo el comienzo. 

Había sed de sangre en el aire, oí como la hoja de su navaja salía de la funda y rasguñaba el viento.
Diez años después del grupo de rehabilitación, estaba casado y tenía dos hijos. Un grupo terrorista que se enteró de su papel en los golpes políticos de hacía dieciocho años se interesó por sus servicios. Él estaba retirado. Su esposa y sus hijos sufrirían de un peligro mortal. Se asegurarían de que sufrieran. Le dijeron que cuidarían de ellos, que tomarían su seguridad y bienestar como parte del trato, mas era una banal mentira. 

Llegó a la veintena de asesinatos dos años después. Era frío, sigiloso, calculador. Sabía hablarle a los rateros, qué decirle a los yonquis, cómo tratar a una prostituta. Lo que eran los modales básicos de la podredumbre y la autodestrucción, los tenía perfeccionados. Vivía de motel en motel, consumía heroína de vez en cuando porque le recordaba a la sensación de paz que tuvo en los años con su esposa y sus hijos. No sabía nada de ellos. Cinco años después vuelve. 

Su mujer está prostituyéndose en una calle. Habían roto su promesa, no le pagaron más que miserias ni mantuvieron a su familia. Habían roto la sanidad de su esposa, la habían vuelto una vil puta de esquina. Sus hijos eran maltratados por sus clientes, pero ella solo quería cristal. 

La mató dos días después. Lloró desconsoladamente como no lo había hecho desde su primer asesinato. No había remedio, no había alas en un ángel caído, no había perdón para un pecador, no había un Dios que juzgara alguna cosa, solo hechos que llevaban a la desgracia y a la inmundicia.  Un albur ocioso que dictaba los grados de adversidad de la muchedumbre. 

Diez años después uno de sus hijos era un ratero. El otro lo odiaba y era un estudiante ejemplar, era su orgullo. El ratero violó a una niña de ocho años, luego a un niño de diez. Mató a una prostituta que se negó a mamársela por una calada de su hierba. Su padre entró por la puerta de atrás de su departamento. Era una ciudad fría pero su hijo yacía semidesnudo, consumiendo heroína con su mirada perdida. 

“Despierta imbécil.” 

Estaba ido. No había palabras que lo despertaran ni acciones que cambiaran lo que había hecho. Le disparó dos veces en la cabeza, no lloró por él. Tres días después lo encontraron y lo echaron a la basura. La opinión general era que se lo tenía merecido, un pederasta no es más que escoria defecada por demonios. 

Se lanzó sobre mí con una violencia demencial. No era tan rápido como cuando estaba en su veintena. Sus reflejos habían decaído por milésimas de segundo. No era tan fuerte.  Su navaja desgarró mi chaqueta, medio segundo después mi codo se clavaba en sus costillas, el filo había traspasado el cuero y seguido de largo. Tenía tres costillas rotas. 

“Siempre lo supe. Desde que vi tus crueles ojos verdes. Supe lo que eras.” 

“Lo sé.” 

“Supe que eras un hijo de puta, que no hacías más que juzgarnos a nosotros. ¿Qué has hecho tú, además de mirar? ¿Has vivido nuestras desgracias? ¿Has asesinado a un hombre con tus propias manos?” 

“A miles de ellos.” 
 
“¿Has llorado alguna vez?” Una lágrima parecía asomarse por la esquina de su ojo. 

“No. Nunca.” 

“Lo sabes todo.”

“Lo ignoro, realmente.” 

“¡Cómo puedes...!” Estaba indignado. 

“Es inútil saberlo todo. Pero por ejemplo, me bastó sentir tu mirada para conocer tu nombre.” 

 Había algo más.

“Nunca te conocí. Nunca me viste hasta ahora.” 

“Hasta el momento en que te diste cuenta de quién era, no tenía la menor idea de tu existencia. Entonces conocí tu nombre y las tuercas hicieron que estuviera ahí cuando confesaste por primera vez todo. Lo demás lo supe por inercia.” 

Lloraba lágrimas de impotencia. 

“Es la tercera vez que lloras desde que eres un adulto. Tú vida está por irse.” 

Sus manos temblaban, no podía articular una palabra, comprendía lo que pensaba. Cavilaba sobre mi horrible naturaleza, sobre mí, lo pesado de mi severa mirada. 

“Incluso las miradas de los hombres pesan sobre las de nosotros, los privilegiados. Tal vez tú fuiste uno o tal vez serás uno.” 

Mi mano cerró sus ojos, hubo paz en su cuerpo. El tiempo se detuvo. La decadencia del lugar fue revocada por un hermoso palacio blanquecino.

jueves, 21 de enero de 2016

Entrevista laboral

¡Hey!, ya estamos de vuelta y este es el primer post del 2016 :D Bueno, no sé si sea para entusiasmarse tanto, pero sí que se siente bien volver al blog y que esta vez no haya pasado más de un mes. Este relato es un respiro de CAÍN, para distraernos un poco. Anecdóticamente, esta historia la escribí en 2013 y la perdí, pero solo hace una semana me digné a reescribirla (y como no encontré una imagen que me gustara, improvisé un dibujo). Veamos qué tal nos va con los felinos...


.+.+.+.+.+.+. Entrevista Laboral.+.+.+.+.+.+.

El único paisaje visible desde mi ventana es una pared amarilla. No podía pedir mucho desde que vivo aquí, en el último piso de este pequeño edificio, una habitación sin lujos ni vistas agradables. Me acuesto en la cama y puedo ver el cielo, una fracción pequeña, esperaría que me diera la tranquilidad necesaria para olvidar lo malo del día, lo mal que me fue en la entrevista de trabajo, me sudaron las manos, sentía muy claro un palpitar en mi cuello, quería salir de allí, escapar de los ojos jueces, de las voces condenatorias, de sus preguntas que escarbaban en mi mente. Traté de calmarme, respiré hondo y conté hasta tres varias veces, no supe manejarlo y por eso terminé aquí, mirando ese pedazo de cielo a punto de atardecer, coloreándose cálidamente. Pero ni siquiera eso se me permite ahora. Un gato cubre mi limitado paisaje, ingresó con elegancia, eso que a mí me hace falta y, aunque esperé que se fuera pronto, las cosas se pusieron peores cuando aparecieron más.

Comenzaron a maullarse unos a otros, a maullar mirando la calle y también hacia mi habitación, a mí mismo. Ya no existía más el cielo, tan solo gatos maullando, colmándome los oídos. Intenté ignorarlos, pero me resultó imposible.

Mi cansancio era directamente proporcional a mi estado de ansiedad. En el mejor de los casos, seguramente, me quedaría en este cuchitril por varios meses más, trabajando en proyectos pequeños y de remuneración miserable. Decidí subir y enfrentarlos, espantarlos con un grito o lanzándoles algo, un pedazo de ladrillo, quizá, de este techo en ruinas. Pero por alguna desconocida razón lo primero que hice fue gritarles, les grité reprochándoles su reunión frente a mi cuarto, les pedí que se calmaran al menos y me dejaran dormir, pero no me hicieron caso, parecían estar muy concentrados en sus propios asuntos. Aquello era bastante parecido a una conversación, sus maullidos tenían tonalidades específicas de interrogación, sorpresa y entendimiento. Me sentí un completo idiota en ese momento, estaba asombrado. Era probable que el cansancio me estuviera provocando alucinaciones, disparates.

Volví a mí mismo y a mi necesidad de descanso, busqué una piedra, un pedazo de ladrillo, pero no pude lanzarlo. Los gatos me miraron fijamente entonces, como escrutando mi actitud o mi vida entera, maullaron brevemente y se fueron, excepto uno, que saltó de mi lado y me siguió hasta la habitación. No pude deshacerme de él, era escurridizo, pero al menos silencioso, así que pude olvidarlo fácilmente y dormir.

Al día siguiente le abrí la puerta, pero no quiso irse. Hoy saldría también a buscar trabajo, quizá podría dejarlo por ahí, de paso, pensé. Revisé rápidamente los clasificados de dos semanas atrás, el trabajo ideal, ese de la entrevista del día anterior, estaba marcado con entusiasmo. Arrugué el papel y lo tiré a la basura. Salí frustrado de casa en busca de un nuevo periódico y una lata de atún, mi plan para despedirme del gato. Se la dejé en un callejón y saltó a comer. Era libre.

Minutos después, me encontraba en una banca, revisando los anuncios. Nada parecía encajar conmigo. "Quizá mañana", pensé, y decidí volver a casa. En el camino, algo se metió entre mis piernas y comenzó a dar vueltas, era el gato. Su juego era impecable, no importaba cuánto se moviera o intentara yo deshacerme de él, ninguno de los dos tropezaba. Al contrario, me había desviado del camino a casa, el pequeño animal estaba alterando mi rumbo.

Se detuvo en la entrada de un edificio que yo recordaba muy bien. Sí, tan solo ayer estuve aquí para una entrevista, la peor de toda mi vida. Decidí que esto era el fin del camino y quise dejar al gato, pero, una vez más, fui conducido por su juego.

Pese a la presencia del felino, fui recibido cordialmente y sin ningún tipo de reclamo en la sala de espera. Entonces dijeron mi nombre y me levanté, el gato me empujó ligeramente con su cuerpo y me pareció percibir al verlo cierta complicidad.

En la oficina me esperaban las mismas cuatro personas del día anterior, con la diferencia de que esta vez sus sonrisas eran grandes y auténticas. Me llamó la atención su escritorio, ocupado por platos de galletas y vasos de leche. El que parecía ser el jefe jugaba con una diminuta bola de lana, pasándola de una mano a la otra. Me miró sin dejar de sonreír ni mucho menos abandonar la lana. Empiezas mañana, dijo. No sé si mi sonrisa fue igual de grande que la suya.

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Bien, esto ha sido todo. Gracias por leer. Saludos :)

miércoles, 30 de diciembre de 2015

CAIN: La máscara de auqui - Cap. 1

Hola, hola, hola. He vuelto después de varios meses, ¿qué?, ¿se terminó el año? Vamos, aún queda un poquito de 2015 para disfrutar. Me ausenté un poco estos meses después de lanzar el Capítulo 0 de CAÍN, y Liàre completó un arco interesante sobre la aparición de la magia y un poco sobre el mundo de los ángeles. Su historia cerró hace poco y sería genial si se pasan a darle un vistazo. Yo, por mi parte, estaré más activo a partir de esta entrega, que es el capítulo 1. Espero no llenar todo de CAÍN y que reactivemos otros proyectos pronto. En fin, sin más...



Ir al Capítulo 0 AQUÍ
.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqui - Capítulo 1.+.+.+.+.+.+.

Esa noche soñé con el Julián. Se le veía pálido, blanco como si se hubiera ahogado y saliera recién del agua después de días. Pero no me asusté en el sueño, no sé por qué. Me pareció normal, que estaba bien, que así era él. Vino a saludarme a la casa y nos tomamos un traguito. Era como las nueve de la mañana. Raro es tomar a esa hora, ¿no? Sí, pues. Pero ahí tomamos un llonque que tenía a la mitad desde la semana anterior por el cumpleaños de mi suegro. Cuando desperté la botella estaba igualita a como la dejé, menos mal o me asustaba. Pero sí lo busqué a Julián ese día. Fui a su casa pensando que le había pasado algo malo de repente. Me dijeron que salió temprano, como a las cuatro de la mañana, que no dijo nada. Eso me dijo su mujer. "¡Julián!", le había dicho, "¿dónde vas, Julián?", pero no le escuchó.

Él a veces hacía esas cosas. Salía y se iba a rezar a la puna, pero regresaba rápido para trabajar en su chacra. De día era así, en la noche curaba. En el sueño lo vi blanco blanco, y no recuerdo qué conversamos, pero me miró a los ojos y, eso sí lo recuerdo, me dijo que las cosas cambiarían. "Confía en mí", me dijo, y ahí sí me dio miedo. Un mal ánima debe haber sido que lo seguía y por eso rezaba más allá arriba.

Regresó con frío ese día, sobándose los brazos, y se fue a dormir. "Estoy cansado", decía, y se sonrió cuando le conté del sueño. Su mujer estaba preocupada. Amaneció con fiebre y no quería hablar con nadie.

Conversé con él más después, como a los dos días. Lo visité en su casa. Estaba solo, excepto por su pequeño nieto, que jugaba afuera. Él me llevó hasta el cuarto y luego salió corriendo. Le daba miedo creo. Qué habrá sentido, pues, el Julián le quería mucho.

Ahí estuve un rato hasta que me dijo que le había sucedido algo increíble. "No me lo vas a creer, Martín", decía, "pero tampoco te lo puedo contar". Con algún ánima debe haberse encontrado, porque estaba muy afectado. ¿Qué cosa has visto?, le pregunté. "La sombra de mi maestro". No dijo más. No me dijo que todo iba a estar mejor o que las cosas cambiarían, como en el sueño, pero cuando se puso bueno comenzó a hacer maletas. Muy sospechoso lo veía ya la gente. Solo hablaba conmigo y con su esposa y su nieto. Y cuando llegó su hijo a llevarse al Josecito tampoco habló con él.

Para Lima dicen que se fue. Yo no sé, pero ese día no subió a rezar, salió de frente de su casa, con su esposa, en silencio. Dicen que sabía de Sendero, que se estaba escapando o que él era un terruco él mismo y que sus largas  jornadas en la puna eran reuniones con los cabecillas o la gente armada, que les había hecho un favor y que su enfermedad era una mentira. Un traidor de los apus.

¿Qué pienso yo? Yo me acuerdo solo de una sola cosa, de su cara pálida y su miedo. Eso era de verdad. Un ánima ha sido, creo, un ánima que lo ha echado. Ahora, ¿por qué lo echaría un ánima? Eso es otro misterio, pues.

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 Bueno, eso fue el Capítulo 1, el testimonio de un amigo de quien, al parecer, será algo así como un protagonista. Gracias por leer. Saludos.

» Cap. 0 » Cap. 2.1

sábado, 26 de diciembre de 2015

El Grinch pasó una navidad feliz

Como es navidad y todos amamos la Navidad (yay)... No, público imaginario, así no. Tienes que estar más entusiasmado. Todos amamos la Navidad. No somos como esos ¿punketos?... ¿socialistas?... ¿antisociales? ... ¡Enfermos! Que no aman la Navidad por cosas infantiles que no tienen ninguna importancia como el consumismo y esas cosas estúpidas de las que ellos hablan. Y amamos a todas las personas y para demostrar cuánto los amamos siempre les damos regalos a todos y a cada uno de ellos.

Yo tengo dos renos mascotas y son muy buenas mascotas porque vienen con una oferta, te traen dos duendes. Los duendes, mis amigos, son la mejor clase de esclavo que podrías tener. ¡Son esclavos mágicos! Así que puedes darles regalos a todo el mundo sin sudar, algunas veces los duendes mueren, ¿pero a quién le importa? ¡Obtuvimos regalos! Y todos amamos los regalos, todos amamos las sorpresas, ¿no es así? (yay) Vamos... son dos duendes esclavos, de todas formas cada que se muere uno, otro igual de verde y feo sale de la nada. Deben estar felices de ser nuestros esclavos...
Olvídenlo, vengo a hablar del Grinch:

Las Felices Navidades del Grinch


"Vivir, hermano, es como una novela"  Oyó el Grinch decirle un charlatán a otro. No oyó lo demás, pues un camión de juguetes pasó, eclipsando cualquier otro sonido. El Grinch se encontraba en un estado de irritabilidad extremo. Se acababa de parar de una reseca y eran las 10 de la noche. Dos horas para Navidad. ¿Cómo arruinar el día que más odias si de por sí te despiertas a 2 horas de que acabe? Era una cuestión difícil para el Grinch, de estados de ánimos inestables y una tendencia depresiva y autodestructiva que databa desde el comienzo de la Navidad. El alcohol había sido una bendición para él, en otros tiempos fue abstemio.

Observó la noche, se oían cohetes por aquí y por acullá. Era una noche iluminada, bulliciosa. Caprichosa ante sus propios deseos, con un egoísmo colectivo que le recordaba a sí mismo. Si el Grinch podía odiar a una cosa con intensidad similar al odio a la Navidad, era a sí mismo por odiar a la Navidad de una forma tan obsesiva, tan demente. Un gato callejero le pasó por el lado e intentó rascar su cabeza contra el Grinch, éste se engrifó. Realmente no podía soportar nada en la Navidad, a pesar de estar generalmente atraído por los gatos, agarró al susodicho por la cabeza y los desnucó en un acto reflejo. El cuerpo inerte del gato cayó del techo de una forma que el Grinch consideró artística. Su cuerpo cayendo como si negara las leyes de la gravedad, de una manera lenta, como si fuera una pluma, la nieve cayendo a su lado, el gato era en cierto sentido como una partícula de nieve.  El gato representaba lo que él pensaba de la fecha y eso le daba una sensación de justicia y felicidad morbosa que disfrutaba.

El Grinch saltaba de techo en techo, sin ninguna razón en absoluta, deambulaba de manera ciega. Era liberador, en cierta forma... era también como saltar sobre techos en llamas, techos llenos de Navidad. El Grinch saltó hacia la calle, hacia un centro comercial, al tocar el piso su forma cambió de inmediato, ya no era una bola de pelos verde y arisca, sino un señor de mediana edad, cabello gris, mirada tristona, una panza de cervecero. Si mirabas su cara, veías a un hombre acabado, que podía rozar el final de los cincuenta años. Hubiera dicho que tenía treinta y nueve.  Su postura era igual de triste,  ropa desaliñada, arrugada, su camisa blanca tenía una color amarillento... Aquel hombre podía ser todo lo deprimente, todas las historias de fracaso... Su rictus de molestia, daba lástima ya que no había una rabia molesta y altiva, era como una rabia que se había congelado en un pequeño fuego, en su entrecejo, en su boca.

Gente pasaba y pasaba, algunos lo veían y comentaban, "pobre hombre, seguro que perdió a su mujer, seguro que perdió todo." Lo decía gente que simulaba una felicidad honesta, la simulaban con tal veracidad que llegaba a ser honesta. Tal vez durará por los días festivos, pasará por el treinta y uno, luego una semana después y se volvía como un barco náufrago que llegaba a la costa de la realidad, donde todo parecía tener un tinte gris para los que tienen una suerte igual de gris. A veces la Costa Realidad es un paraíso de colores vivos, todos son felices y todos tienen tan solo un poco de negro en sus bolsillos, nada del otro mundo. Una tragedia al año es para celebrarse, ellos no lo dicen, pero lo saben y tal vez no saben que lo saben.

En fin, que el Grinch decidió entrar al centro comercial. No había nadie fuera de lugar excepto él. Claro, se oía un berrinche de un niño por allá, a su madre regañándolo, pero era un regaño a sonrisas. Nadie tiene permitido ser infeliz en Navidad, el Grinch se había preguntado en más de una ocasión si no era una especie de secreto a voces, una felicidad que se contagiaba mediante el miedo... ¡si no eres feliz viene la policía de la Navidad! Santa Claus podía ser así de cruel, pensó y rió de una manera que tenía algo de vulgar, algo de sucio. Su risa no era la misma que la risa de los demás, quien lo mirara diría que ahí estaba un depravado, un pedófilo. La pregunta que el lector se tiene que hacer es ¿por qué el Grinch se veía de esa manera? Puedes decir, y es una razón tan válida como cualquiera, que así se veía el Grinch porque así estaba en su interior, deprimido. Eso no podría estar más lejos de la verdad, señor lector. El Grinch podrá ser un sujeto tristón, de apariencia parda como humano, pero si el Grinch se veía de esa manera, era por decisión propia. Era su forma de decirse que la gente era tan mala que no podían obligarse a sí mismos a ayudar a un sujeto de tal aspecto taciturno. Eso había probado ser mentira en más de una ocasión, así que podemos concluir que al Grinch le gustaba dar lástima.

En un par de navidades, borracho y sin ganas de hacer nada, había cambiado su apariencia a la de un sujeto bonachón, al que todos querían, el que siempre tiene una broma, una sonrisa, un abrazo. Hace un truco de magia y sale un juguete, y todos le querían. Siempre que el Grinch hacía eso se despertaba la mañana siguiente sucio, como si tuviera un pegoste, una mala memoria que no podía arrancar de su cerebro.

El Grinch atravesó el centro comercial, la gente todavía mirándolo como fenómeno(los pocos que lo miraban) y fue hacia un bar. El bar tenía una apariencia igual de mala  y  todos los que estaban ahí eran igual de melancólicos. Habían solitarios alegres, así como hay desgraciados alegres y gente exitosa autodestructiva. Hizo un gesto con la cabeza y el bartender le hizo un gesto con la cabeza.
"Lo mismo de siempre."  Así pasó el Grinch sus navidades, borracho.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Caín: El Segundo Fruto Prohibido Epílogo

El tan esperado epílogo. Estaba muerto, tuve que revivirlo. Fue una situación difícil, en fin esto puede que explique algunas cosas. Puede que deje más dudas, puede que les parezca que no tiene ningún sentido...  puede que sea jugo de pez. Júzguenlo como les plazca.


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Caín: El Segundo Fruto Prohibido Epílogo


Sariel quería destruir la tierra. Quería matar a los humanos, más que nada deseaba que Lucifer jamás hubiera existido. Nunca le había gustado el aire superior que emanaba, la forma en la que muchísimos ángeles creían tan sencillamente en sus palabras y sin embargo, cuando dijo que les ofrecería conocimiento a los humanos, que los tentaría,  nadie estuvo de acuerdo con él, nadie le dijo nada porque la idea se originó entre sus más cercanos camaradas y en secreto a voces llegó a expandirse por todo el Edén.

Una apuesta, ¿pueden los humanos, la creación perfecta, caer ante el tabú que les hemos impuesto? Sariel lo creía imposible, en ese entonces, no era él quien lideraba a los ángeles, sino Mihael, todos lo creían imposible, menos cierto grupo de ángeles, la mayoría formaba parte de su séquito no-oficial. Todos se habían sorprendido al ver que Semyazza compartía su opinión, los dos no solían llevarse bien. Un choque constante de vanidad,  aunque la vanidad no fuera precisamente lo que definía a Semyazza, sino  su astucia.

Cuando vio la sonrisa de Lucifer, ganador en una tierra de pecadores y asesinos, se sintió verdaderamente iracundo. Semyazza, a su izquierda, posó una mano sobre su hombro, como si supiera exactamente lo que pensaba hacer. Destruirlo  todo. Destruir a todos los malditos humanos que habían caído ante el pecado, entonces tal vez Jael pudiera servirles más tarde, después de todo tal como le habían ordenado a Set, su padre, y él a ella, había obedecido la orden de salir de la aldea natal de Adán y formar una nueva aldea en otro lugar.  Tal vez harían ver como la súbita muerte de los setenta humanos restantes había sido culpa de Satán.

 Semyazza tenía una idea diferente. ¿Por qué hacer eso si en generaciones futuras de todas formas Lucifer tentará a alguien de nuevo? Dejemos a los humanos a los que Lucifer tiró consigo a las profundidades del infierno libres, dejémoslos y hagamos un ejemplo de ellos. Imagina, le había conferido mediante telepatía, lo que haría, en forma de miedo, el conocimiento de que ya en el pasado Caín había matado a su hermano y fue castigado por nosotros. Ahora, Absalom, el insolente y terrorífico Absalom, mató por si solo a dos tercios de la población de la aldea porque hizo un pacto con el demonio. Él y su secta siguen rondando por la tierra, forzados a vagar como nómadas. Jamás dormirán, pues las voces de la gente a la que asesinaron los persiguen. Jamás morirán y verán cómo sus cuerpos decaen hasta que no quede más que hueso en sus cuerpos. Jamás amarán de nuevo, no habrá en sus vidas más que la terrible sensación de pérdida, de nunca tener un lugar al que regresar, de siempre tener que oír los lamentos de las almas en pena.

Semyazza, como Lucifer, era bueno con las palabras y Sariel, iracundo, no tuvo otra opción más que hacerle caso. Un enfrentamiento contra Lucifer sería terrible.

“¿Estás feliz con lo que has logrado Lucifer? ¿Feliz porque puedes mentir a unos humanos y causar desgracias? No has demostrado nada, además de que el alma humana es corruptible y que lo que más necesitan es a un pastor. Fuimos descuidados y tú te aprovechaste de eso, mas esta será la última vez.”

“¿Siguen en negación en el cielo? Castigaron a los humanos al mandarlos a engendrar en el infierno,  a estar en contra de la tentación animal, a su curiosidad natural, permanentemente, para satisfacer su ideal; al traer vida en este mundo no tienen otra opción más que dar vida por ello, si la mujer no tiene suerte y si la tiene, igual ha de sufrir. Y el hombre no es más que un esclavo de la lujuria y de la rabia, pocos hombres tienen la voluntad de luchar contra sus instintos. ¿Dicho todo esto, siguen apelando por una bondad intrínseca? No hay tal cosa.”

No podían hacer otra cosa que aceptar que Lucifer había ganado, que habían perdido fuerza en el Edén, pues una escuadrilla de ángeles había desertado, convencidos por lo que Lucifer había mostrado. Había confusión en el Edén…  Se había llegado a un acuerdo, Semyazza y Lucifer habían negociado, ya que Sariel se negaba rotundamente a decirle algo a éste. Los humanos de Lucifer se irían de esa aldea, ya habían causado mucho mal. Jael y los que creyeran en ella, seguirían viviendo sus vidas.  Lucifer lo aceptó, ¿qué más podía pedir que un culto en su honor? ¿Una herramienta perpetua libre para su uso? Absalom no tardó en sanar, estaba molesto por haber cedido su lugar de nacimiento, mas Anah lo convenció de que era lo mejor.

La historia de Absalom, narrada por Jael, fue digna de pesadillas para muchos. Las generaciones pasaron y el nombre de Absalom se fue perdiendo. El mito cobraba vida, los actos de él eran exagerados hasta un límite terrorífico e inhumano. Al principio, retratado como un horrible y cruel humano, más tarde como Lucifer disfrazado de humano tentando a todos en la aldea, brindando a la empatía humana como su propia arma. La última fue la versión que caló en la historia.
Por otra parte el culto de Satanás, tras largos años como nómadas, se estableció finalmente. La verdad era la base de todo. Hablaban tanto de lo malo como de lo bueno de Lucifer,  de los ángeles del Edén, de Dios. La brujería  era la norma, pero también lo era al no hacerle daño a los demás con ella. El usarla por el bien, más por sus propiedades curativas que por posibilidad de hacerle daño a alguien. Por supuesto, entre los humanos siempre están los osados, los que ven en su egoísmo un camino que labrar.  Pero Absalom vivió una larga vida y no perdonaba las faltas, se le tenía miedo y mucho más respeto. El viejo monarca sabía las maneras de los ángeles caídos, conocía bien las tretas de Lucifer y de los ángeles del Edén. La presión de Lucifer había pesado en algunas de sus decisiones, pero el culto no era exactamente lo que éste había planeado. Vio tres generaciones pasar tras sus ojos, a su hijo morir, a su nieto morir y finalmente, murió él, teniendo su bisnieto cuarenta años.

El viejo monarca sabía las maneras de los ángeles caídos, conocía bien las tretas de Lucifer y de los ángeles del Edén. La presión de Lucifer había pesado en algunas de sus decisiones, pero el culto no era exactamente lo que éste había planeado.

Entonces, una nueva marca fue dada y un nuevo orden en el culto empezó a sobrescribir lentamente las leyes de Ab. Absalom había probado ser más que una herramienta, pero con su muerte los ángeles caídos pudieron torcer el orden de jerarquía. Su séquito no sabía cómo responder ante las sugerencias, órdenes, de dichosos ángeles caídos.  El culto de Absalom se volvió el verdadero culto a un siniestro Satán que Lucifer quería.  

jueves, 3 de diciembre de 2015

Caín: El Segundo Fruto Prohibido 7ma Parte

El final de los finales... o no. Teoricamente se podría dejar de leer hasta aquí, y ya, pero el mundo sigue... O mejor dicho, la historia de Absalom termina aquí. Absalom se cansó de contarnos sobre ese inicio, es un inicio que ha contado ya demasiadas veces. Tal vez nos haya mentido, en retrospectiva los personajes siempre quieren parecer cool. Puede que Absalom haya sido mucho más fácil de manipular y no haya visto a través de nada, puede que todo sea una genial exageración... Pero probablemente no lo es. En fin, la "octava parte", será un epílogo.


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Caín: El Segundo Fruto Prohibido 7ma Parte


Nunca pensé que vería a alguien ser mutilado por una bestia, por un arma. Era un pensamiento que no podía formarse en mi cabeza.  Me costaba pensar que alguien fuera capaz de matar a otra persona, ya había pasado y precisamente eso; ese sucio recuerdo que nos habían repetido desde que Caín mató a Abel, era el recuerdo que nos demostraba lo aterrorizador que sería… sentir la furia de Dios, que se manifestaba ahora en horrible cólera.  Así mismo, nunca pensé que vería a un demonio… ¿a una bestia? Matar a un humano, descuartizarlo de la forma tan violenta en la que lo habían hecho.  Nunca pensé que vería en el piso una mano seccionada del cuerpo de alguien. Nunca pensé que asesinaría a Abiram.  Todo lo que había sucedido, había llegado al extremo de lo posible. 

Así, con este pensamiento en la cabeza, rompí el cuello de cuatro horribles bestias que atacaban a mis coterráneos.  Maté incluso a los que peleaban contra los… ¿humanos?… con lanzas. Dudaba de la veracidad de todo y era difícil. Una sensación de hormigueo y un dolor indescriptible eclipsaban mucho de lo que intentaba pensar. Ya llevaba más de una hora sin poder moverlo, solo viendo como la oscuridad se arrastraba por mi brazo, casi llegando a mi hombro.  


“¿Cómo puedes confiar en los ángeles, Jael? ¿Cómo pudiste dejar que hicieran esto a nuestros hermanos, a nuestras madres y padres? ” Dije, tras la caída de las bestias, solo se escuchaban gemidos de dolor y cansancio.  Mi voz, aunque baja, fue escuchada. 


“¿Quién crees que trajo a estas bestias? ¿Quién ha hecho más daño, hijo mío?”  El énfasis que puso al decir hijo mío fue vomitivo.   


Una pregunta difícil de responder, se veía en mi cara, su sonrisa condescendiente lo reveló. Ardí en una rabia controlada. Era cierto. ¿Cómo no vi algo que estaba en frente de mis ojos? ¿Cómo pude ignorar que la bestia que me había atacado era la misma que había estado a los pies de Lucifer, mansa?  Era tan claro… Lucifer había mentido tan clara y descaradamente… Una apuesta. Claro, una apuesta, si podía destruir a esa bestia, seguro le sería útil más tarde. 


“¿Es que eso justifica alguna cosa? ¿Tenemos que ver qué lado ha hecho peores cosas para saber quién tiene la razón? No… no entiendo, no entiendo nada. No entiendo cómo los ángeles pueden jurar querer nuestro bien y luego hacer lo que hicieron aquí. ¿No ves lo que está pasando?”  E incluso cuando escupía esos pensamientos poco elaborados, que eran más un berrinche por no querer aceptar una verdad que ya conocía, no podía dejar de pensar que todo era tan despreciable…  “¿Por qué tuvo esto que llegar a un baño de sangre…?” 


“Porque Satán te ha manipulado. Porque mancillaste a la gente que vivía feliz. Trajiste una sucia mentira y la vendiste por verdad; les enseñaste ilusiones sobre lo que podría ser… los tentaste. Tal como Satán tentó a Eva y Satán te tentó a ti. A Eva se le podía perdonar el mal, tú… tú esparciste el mal. Todo lo que hizo Dios, lo hizo porque había que limpiarlos a todos, a todos los que dudaran… a los que pusieran en duda la fe por creer en ti.”


“¿Cómo puedes decir eso… cómo creer tan ciegamente lo que dice un bando?” 


“¿Quiénes nos crearon, Absalom?”  


“¿Y qué justifica eso? Porque nos crearon… si nos crearon… ¿qué justifica? Si hay tanta verdad en su versión, ¿por qué exiliaron a Lucifer? ¿Era eso necesario?” 


“No entiendes nada. Estás mancillado…  y pensar que te vi crecer, siendo tan solo un niñito.  Pensar que tu madre murió por lo que crecería para ser un Monstruo… que tu padre moriría trágicamente  en una cacería, cuando aún eras un niño, para que crecieras con el único fin mancharnos a todos con tus mentiras.” Hizo una seña y sus guardianes fueron hacia a mí. 


Con un mismo movimiento de mano los impulsé hacia atrás. Me levanté del suelo,  estaba dos metros por encima de ellos. Sentí un cansancio profundo que parecía entorpecer cualquier movimiento que intentara hacer.  Ya era hora de que sintiera la fatiga. Ante mí podía ver a sus cuatro guardianes, mirando hacia el cielo, el sol a mi espalda. No podía ganarles. Me fui hacia adelante, el objetivo era disturbar la energía que formaba el sello. Mi cuerpo se movió con rapidez, llegué hacia el sello tan pronto como quise, pero me encontré a Jael en frente de mí, volando de la misma manera.  Se veía por su expresión la tensión que le provocaba usar la magia. Comprendí que esa era la razón por la que tenía a los guardianes, la magia era un golpe fuerte a su senectud.  Una ráfaga de aire nació en mi mano y se dirigió hacia ella dando un silbido.  Lo esquivó a duras penas, sangre manchaba sus ropas alrededor del abdomen. 


“De verdad eres un monstruo… me costaba creerlo…”  dijo a duras penas, pero lo que vino a continuación fue energía empujándome hacia el suelo con tanta fuerza que escupí sangre. Sin dudarlo un momento, sus guardias me rodearon apuntando sus lanzas hacia mi malherido cuerpo. A pesar de que sentía una oscura sombra a punto de tomar vida, la impotencia se materializó en un movimiento que me terminaría de desgastar. Electricidad salió de mi cuerpo, explotando y destrozando los cuerpos de sus guardias. 


“No eres más que un vil asesino.” Es cierto, pensé. No soy más que un vil asesino, vi hacia mi izquierda, ya no tenía fuerza para siquiera mover mi cuello. Podía ver mi hombro oscurecido… tal vez, cuando llegara esa oscuridad a mi corazón, moriría. Creí ver la silueta de Anah, pero eso cambió rápido. Jael levantó mi cuerpo pusilánime.   Ver cara a cara a la persona que me había criado, sudando, jadeando con sangre en su boca, era una imagen horrible. Lo que me impresionaba era su intensa rabia, su insensibilidad hacia la masacre. Desentendiéndose con una justificación débil.  Maldita sea, yo entendía que incluso lo que había hecho era horrible, jamás me perdonaría por eso…   y sin embargo ella era capaz de justificarlo y encontrar justicia en sus actos. Sentí una presión aplastante en todo mi cuerpo. El esfuerzo se desvaneció al ver que a ella misma le costaba mantener esa energía. “No sé qué decirte, Absalom.  Espero que el infierno sea piadoso con tu alma.”  Quise responder: Vivimos en el infierno, más no dije nada. La máscara de energúmeno que portaba me dejaba claro que la vieja que estaba delante de mí había dejado de ser humana hacía muchísimos años. Era solo un títere.


Anah, en efecto, había sido la dueña de la silueta que había visto. El sello había desaparecido ya supongo, considerando que estaba detrás de Jael, a unos diez metros. Eso no fue lo que distrajo a Jael.
Una risa majestuosa y vulgar, nació solitaria y se volvió la de una multitud. Triunfal fue la llegada de Lucifer. ¿Pero qué había ganado? 


“¿Ves lo que está pasando Sariel, Remiel, Gabriel? Oh… Mis hermosos ángeles. ¿Qué tan profunda es la equivocación que los tira hacia abajo, que los obliga a descender al plano de los caídos?”
“¿Esto?” Dijo una voz que se oía como muchas, sin adoptar presencia.”¿Esto te entretiene, Lucifer?” 
“Fue una apuesta. Una apuesta entre murmullos. Ustedes sabían que lo haría y no me detuvieron la primera vez. Esta vez, no me vieron venir y cayeron en mi juego, provocaron una masacre. No podían soportar que un humano pensara algo diferente. No podían aceptar que los guiara hacia una versión de la verdad  no censurada.” 


El sol de la mañana había hecho que la sangre se secara rápido, una nube cubrió al sol dándonos algo de fresco.  De un rayo de luz, pareció descender el mismísimo sol. Pronto fueron sus siluetas a contraluz las que se vieron. Arriba, en el cielo, haciendo gracia de la majestuosidad angelical,  se encontraban ocho ángeles. Sariel a la cabeza. 


Abajo, en la tierra sanguinolenta, en la miseria del infierno. Jael perdió su fuerza y me dejó caer al suelo, Anah sostuvo mi caída como pudo. Cerca de nosotros, estaba el séquito de Lucifer.  En el infierno la gente gemía y tenía miedo. La rabia empezaba a ceder paso a un miedo que surgía por la presencia de ambos bandos, chocando. El dolor de sus heridas se hacía real cuando las fuertes emociones ya no maquillaban sus sentidos, pero había un silencio grande y espacioso, que no daba paso a ningún pensamiento, como si todo fuera cubierto por los verdaderos protagonistas; invadiendo tu mente y dejándote exhausto. Mi consciencia empezaba a ceder lentamente. 
 

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sábado, 28 de noviembre de 2015

Caín: El Segundo Fruto Prohibido 6ta Parte

La sexta parte, el final se acerca y... ocurrirán cosas. Luego ocurirrán más cosas y el mundo se acabará... o algo así. La furia de Absalom y la cruel realidad se chocan, como dos trenes, chocándose, y formando un arcoiris de choques. Nace un tren más pequeño y todos son felcies.  Ah, y puede que estas dos... ¿o tres? últimas partes sean un poco más largas, así que si te cronometrabas mientras leías no te sorprendas al ver que te tardaste diez segundos más.


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Caín: El Segundo Fruto Prohibido 6ta Parte


 El infierno se ha desatado en la tierra o, tal vez, el infierno es la tierra. Hay sangre en la tierra, hay sangre en la carne que se derrama como agua. El día es soleado y caluroso, perfecto para trabajar otrora. ¿Quién hubiera pensado que ese otrora fue tan solo ayer? La furia es tangible, está mezclada con el miedo, está mezclada con un instinto animal que los humanos hemos sabido dominar por tanto tiempo…. Y no es la sangre, no es la carne, no es la rabia, sino una forma de liberación la que parece impulsarnos. Ante mí se presenta el fin del mundo y estoy paralizado, no me puedo mover. Oigo la voz de Lucifer, pero no entiendo qué me dice. Veo a Anah, curando por allá a una persona; veo a Anah, casi sin pensarlo luego de curar a alguien, lanzar una estaca de agua a través del brazo de alguien, un energúmeno, deteniéndolo en el acto. Veo a gente tan ensimismada en el acto de la violencia que se olvidan que el objeto de descarga es otro humano.

Y no entiendo… no entiendo nada, vi a una persona intentar atacar a Jael, pero había hombres a su alrededor permanentemente protegiéndola. Los ojos de sus guardianes estaban vacíos,  un aura… sentía un aura; una magia poderosa, parecida a la que poseo. En sus manos había lanzas blancas que brillaban como el sol.  Jael sonrió socarrona, tan segura de sí misma, tan en control, en comparación conmigo.
 

 Vi a Abiram y sus ojos parecían segados  por el rojo.  Por un rojo tan profundo y maldito que en sus pensamientos no se formaba una idea, sino una imagen en la que aparecían su mujer y sus hijos muertos.  Mi mente se adentró en la suya, sentí…sentí su rabia. La sentí subir, la sentí escalar a través de mi cuerpo. Sentí cómo mi cuerpo se emocionaba y mi respiración se aceleraba. Ya el mundo no era el mundo. Ya no amaba a Anah, ya mis recuerdos no eran exactamente míos… Veía todo diferente. Me veía a mí y a Abiram, persiguiendo a un perro, jugando con él..  Crezco y amo a Apphia. La amo desde mi juventud temprana, encuentro en su enmarañado cabello castaño  un bosque en el que me quiero perder. La he amado desde hace tanto tiempo y ella a mí, y nos hemos escapado mientras Jael no nos miraba. Absalom me lo advirtió, me dijo que tuviera cuidado. ¿Acaso él entiende lo que es mi profundo amor? ¿Acaso sabe él cómo mis movimientos parecen dominados por otra persona, por un yo mucho más brioso? Absalom, estimo tus consejos, pero siempre has creído en todo lo que dice la Abuela Jael…   Difícilmente podría entender el deseo que nos une… 
 

Así los años pasan, Rahel nació primero y fue una alegría inmensa. A los tres años, nació Iason y fuimos increíblemente felices. El pecado no nos castigó, Apphia vivía… muchas mujeres han muerto dando su vida por la de sus hijos.  Pero Apphia vive… y cree en ti Absalom. ¿Por qué cree en ti? Absalom… Absalom, quiero creer en ti, quiero que la verdad se aclare. ¿Pero cómo puedo creerte?
 

Eres presa de Satán, Absalom, y eso no me gusta. ¡HAS CONTAMINADO A MI FAMILIA! , grité.  Hay en mis manos sangre. He derramado sangre, derramé la sangre de Apphia primero…. Dios me lo ha dicho, tenía que hacerlo. ¡DIOS ME LO HA DICHO! Están mancillados… maldito seas Absalom. ¿Por qué no dejaste que la bestia te matara? Hubiera sido tan fácil... Los ojos de la pequeña Rahel, abrazada de su hermanito… No se atrevía a verme la cara.  La cara de Rahel, sus ojos descolocados. Lágrimas en sus ojos, paralizada por la forma en la que gritó su madre… como un jabalí siendo atravesado por lanzas. Hay más gritos. No soy yo el único al que Dios le ha hablado. Es una forma de saber que no logro entender…. ¿por qué mancillaste a mis hijos, Absalom? Grité, a la cara de un Absalom sorprendido, incapaz de moverse.  Tú asesinaste a mis hijos… susurré. Todo es caos. Familias matándose entre sí… todos atacándose los unos a los otros. Tú trajiste esto Absalom. Por tu culpa mis hijos murieron. ¿Sabes lo horrible que fue mirar los ojos de esos pequeños y sucios pecadores? Una vez fueron Rahel e Iason.  Y ya no.
 

Abiram estaba frente a mí, con un garrote, su cara estaba llena de sangre. Sus manos cubiertas de sangre hasta el codo. Sangre, sangre, sangre, salpicada por todos lados. Todo es sangre y Abiram se abalanza ante mí.  No hace falta que haga un movimiento para que sea empujado hacia atrás con una fuerza mayor a la de su salto. Cayó al suelo sin comprender nada. En un momento se lanzaba con todo hacia mí y al otro era violentamente tirado al suelo.
 

“Lo siento, Abiram. Realmente lo siento… Nada de esto debió suceder así.” Él no respondió. La cólera ras tal, sin embargo, que hacía que las palabras se te olvidaran.  “Debiste tener más fuerza… te vi crecer y amar a Apphia… te vi desobedecer a Jael. A ambos los vi desobedecerla. ¿Cómo te permitiste caer tan bajo?...” Pero no me escucha… sé que no me escucha. Sé que lo que digo es una forma de justificación a mí mismo, por lo que haré, por lo que estoy a punto de hacer, que debería costarme más de lo que me cuesta. Me gustaría poder justificarlo por sus actos, decir “Es tan difícil luchar contra esa imposición de Dios.” Es difícil. Sí… pero también sé que lo quería, sé que dentro de sí había una duda de la que la imposición de Dios se hizo cargo para dominarlo.
 

El golpe de su garrote rebotó en el aire. De mi mano, en forma de energía, salían garras. Volé hacia él, mucho más rápido de lo que él pudo haber corrido.  Todavía estaba aturdido tras el golpe de su garrote rebotando en la nada. Abierto, incapaz de defenderse. Desgarré su brazo izquierdo, su sangre se mezclaba con la sangre de sus hijos, de su mujer. El garrote salió volando de su mano lejos de nosotros. Un pensamiento bastaba.  Mi puño se hundió en su cara; él era como una bestia encolerizada. Incapaz de darse cuenta de su dolor… lo levanté en el aire y,  con solo un movimiento fútil de mi mano, todas sus extremidades giraron dolorosamente. Gritó, su cuerpo sufría un dolor inconmensurable, al menos eso esperaba.
 

“¿Despertaste?”    Pregunté en una voz tan ligera que yo mismo no me escuché entre el ruido de todos los demás. Lo dejé caer en el suelo. Lágrimas salían de sus ojos…
Esto nunca debió pasar, pero pasó. Un rayo salió de mi mano directo a su cuerpo… jamás supe si murió por eso o si murió mucho más tarde, pero perdió la consciencia.
 

Busqué a Anah, la vorágine de gente, de violencia, era tal que era difícil distinguir todo lo que pasaba. Vi a un animal que parecía un oso, mucho más grande, mucho más horrible, luchar contra uno de los protectores de Jael. Lucifer me dijo algo. “Hay sellos alrededor de la aldea.” Seguido de eso me dijo que sería capaz de sentir la energía que desprendían si me concentraba. No quería saber nada de ningún ángel, por eso me enfoqué primero en encontrar a Anah.  No fue difícil encontrarla, tenía un brazo ensangrentado, detrás de ella había varios niños, una que otra mujer.  Tenía una lanza muy parecida a la de los guardianes de Jael.
 

“¡Anah! ¿Quién te hirió?”
 

“Ya me hice cargo yo de ello…”
 

“Anah… esto es tan horrible. Lo que ha pasado, Dios ha puesto mensajes en la gente. Se ha aprovechado de la confusión, de la incertidumbre de sus creyentes y lo ha convertido en odio… Abiram… mató a su familia… lo vi todo. Lo vi, lo vi como si hubiera sido yo mismo el que las mató, por un momento, viví todo lo que vivió Abiram…”  Anah me miró con preocupación. “¿Los has protegido tu sola?”  Pregunté.
 

“Sí. Fue difícil, pero alguien tenía que hacerlo, al principio curé a algunos… pero tanta gente atacaba por todos lados, sin importar a quién o a qué… y luego esas bestias… ¿Así era el demonio al que incineraste?”  Asentí. La abracé, duré así un momento, recordando su calor… recordando que sin importar qué teníamos que sobrevivir y salvar a quienes pudiéramos. Escondimos a los niños y a las mujeres, en el almacén general de la aldea, suficientemente alejado de la batalla.
 

“Anah, es mejor que te quedes aquí protegiéndolos.”
 

“¡Tu mano está ennegrecida!, ¿no te duele? ¿Cómo me puedes pedir que me quede aquí?”
 

“¿Quién los protegerá a ellos? Anah, has hecho mucho más de lo que yo ya he hecho. Tu sello tiene límites… en cualquier momento ya no tendrás nada,  ¿y quién puede asegurar que yo te pueda defender ante todos esos monstruos?  Ni siquiera sé si saldré vivo… Acompáñame a quitar el sello que está cerca de aquí, luego seguiré yo…”
***
 

Es posible que Lucifer lo supiera todo desde el inicio. Es posible que todo estuviera planeado, que ambos lados estuvieran riéndose y comentando lo manipulables que éramos los humanos. Llegar y ver lo que yo había visto había sido comprobar una realidad de la que no parecía formar parte. Sí, había eliminado a una bestia. Sí, había influenciado las creencias de las personas. Sin embargo, no había ningún daño hecho, todo parecía ser solucionable con una discusión… entonces es cuando me doy cuenta de mi inocencia, hay dos bandos tratando de hacer que los humanos les crean. Un bando sataniza a uno y  el otro hace lo mismo, el problema yace en que los humanos somos las víctimas de sus juegos… El problema, es que sigo creyendo en Lucifer. Porque si sabía que esto pasaría, tuvo la decencia de impedir que durmiera en una aldea que estaba a punto de ser encolerizada por la influencia de los ángeles.
 

Puede que no haya nada correcto, que no haya nada justo, que no haya nada virtuoso en los ángeles y que todo sea una concepción nuestra de lo que son y de lo que no son. La verdad, la verdad es que ellos son todo lo que aparentan ser y nosotros no sabemos nada de ellos y ellos saben tanto y ven en sus motivos razones tan importantes que parece que se les olvidase que los humanos sufrirán las consecuencias.  Eso sería cierto en un mundo ideal, lo más probable es que ellos estén al tanto de las consecuencias y nos vean y piensen “Es una lástima que este vaya a morir, pero es para un bien mayor, estará en un lugar mejor”, después de todo nuestras vidas son extremadamente finitas. Nuestras madres tienen una altísima probabilidad de morir al dar a luz. Nuestros hermanos tienen una altísima probabilidad de morir enfermos por medio de quién sabe qué. Si nos descuidamos, podemos morir en medio de una cacería…  si nos descuidamos, incluso nuestro hermano nos puede matar. Porque los humanos no entendemos muy bien lo que queremos y a veces nuestros instintos, nuestras emociones son mucho más fuertes que la razón, que un lazo humano.
 

Ante mí había una matanza, pero no me importaba. Mi mano estaba ennegrecida hasta el codo y dolía muchísimo, pero no me importaba. Lucifer me había dicho que debía quitar los sellos y eso era agotador. Poseían una energía grandísima, estoy seguro de que ninguna otra persona los hubiera podido ver o sentir. A decir verdad, lo sentí mucho antes de lo que lo pude ver y lo pude sentir simplemente porque Lucifer me lo advirtió. Se camuflaba entre todos los sentidos humanos de una manera muy hermosa, como una melodía que se escabulle en tus pensamientos, como una hermosa visión… Como intrincadas formas que brillaban variopintas y que formaban, a veces, una hermosa estructura que parecía llegar hasta el cielo.  No eran tangibles, las sentía y podían reaccionar a mi antojo si eso quería, pero al momento en que interrumpía su flujo, se derrumbaban. Se venía abajo el sello… ese pequeño paraíso llegaba a su fin. De las cinco que había, tumbé las cuatro primeras con facilidad y sentí una tristeza infantil al verlas caer.
 

La quinta, estaba en la casa de Jael.  Rodeada por sus guardias, con Jael al frente observando todo lo que sucedía sin mancharse las manos. 

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